martes, 25 de septiembre de 2012
En el bar de Alonso
Decenas de fotos de motoristas, una maceta a modo de mascota a la que hay que cortar el pelo.
Un ingenuo cartel noventero de chapón, con muñeco rosa peludo que anuncia la premisa del local: "Hace un día precioso, pero seguro que viene alguien y lo jode"
En las vitrinas: pepinillos, aceitunas y canapés de atún y ensaladilla, para acompañar las cervezas.
Una señora de unos sesenta sigue en la barra con dos amigos y un botellín de cerveza. Tiene el pelo largo y canoso, lleva un flequillo corto por la mitad de la frente, y al reírse se nota que le faltan muchos dientes.
Su amiga vende cupones, y se nos acerca amistosa intentando una venta.
"No tenemos ni para papel higiénico. Lo de tomarnos una cerveza ya se sabe, es pura necesidad"
Le replica mi amigo.
"Bueno, los cupones son de cartón. A unas malas podría servir para limpiarse el culo..."
martes, 21 de septiembre de 2010
Fidelidad sentimental
Cuando era jovencita casi nunca compraba
libros, y no sólo por falta de presupuesto.
Para qué intentarlo con otros nuevos si sabía que con los míos ya iba a disfrutar.
Prefería leer una y otra vez los que había en casa porque me gustaba ir creciendo junto a ellos, ver cómo mi percepción de su esencia iba cambiando con el paso del tiempo y me acercaba cada vez más a sentirlos de verdad, a comprenderlos.
Años más tarde un novio mío que iba de intelectual se burlaba de mí por ello, pavoneándose por haber leído todos esos imprescindibles que yo ni conocía, y subestimando mis ejemplares y mis fieles hábitos de consumo intelectual. Bah. Acabó por comprenderme.
Pasamos por la vida con tanta prisa y tantas ansias... queremos probarlo todo, vivirlo todo, saberlo todo y quedarnos sólo con lo mejor. Sin percatarnos de que así es imposible conocer, saborear, ni aprender nada.
Vamos saltando de libro en libro, de blog en blog. Igual que hacemos con los amores, los amigos, los ligues o las ilusiones.
Los usamos mientras nos motivan lo suficiente y, en cuanto aparece otro estímulo mejor -aunque sea por novedoso-, desechamos lo anterior casi como si de basura se tratase.
Pasado un tiempo, vuelta a empezar.
No me extraña que así, de tanto empacho, mucha gente llegue a sentir indiferencia, casi asco, por sus propias vidas y las de sus semejantes. Lo que lleva a cosificar a los otros y exprimirles todo el jugo de una vez, a modo de poloflash; o bien a sumirnos en una falsa misantropía que a veces no es otra cosa que hastío o desesperación ante tanto absurdo sentimental.
De sociabilidad más bien contemplativa, sólo tengo dos o tres amigos desde hace ya muchos años, a los que aún hoy sigo intentando conocer.
¿De verdad alguien cree que conoce a sus semejantes, incluso a sus familiares?.
Creo que pocos de nosotros lo intenta de verdad, damos por sentadas tantas cosas, y estamos tan ocupados con nuestro propio ego... Y no me extraña, porque bastante complicado es conocerse a uno mismo, como para intentar conocer a los demás. Sobre todo porque, por desgracia, cada vez más parecemos meras cartas de presentación en este perverso juego del éxito social.
La mayoría, entonces, intentamos adaptarnos a esas exigencias del mercado en la medida de nuestras posibilidades para gustar y relacionarnos más y más, cuando en realidad lo interesante sería precisamente molestarnos en descubrir la verdadera esencia de los que nos rodeaban ya.
Precisamente por eso me cuesta tanto luego separarme de la gente que me gusta o dejar de amar, y tengo tanto lío sentimental. ¿Novios, amantes, amigas, compañeros, colegas? joder, yo los quiero a todos casi por igual.
¿Cuál es la diferencia, dónde están las barreras? ¿Es cuestión de egoísmo, de celos, de posesión, de follar?
Para qué intentarlo con otros nuevos si sabía que con los míos ya iba a disfrutar.
Prefería leer una y otra vez los que había en casa porque me gustaba ir creciendo junto a ellos, ver cómo mi percepción de su esencia iba cambiando con el paso del tiempo y me acercaba cada vez más a sentirlos de verdad, a comprenderlos.
Años más tarde un novio mío que iba de intelectual se burlaba de mí por ello, pavoneándose por haber leído todos esos imprescindibles que yo ni conocía, y subestimando mis ejemplares y mis fieles hábitos de consumo intelectual. Bah. Acabó por comprenderme.
Pasamos por la vida con tanta prisa y tantas ansias... queremos probarlo todo, vivirlo todo, saberlo todo y quedarnos sólo con lo mejor. Sin percatarnos de que así es imposible conocer, saborear, ni aprender nada.
Vamos saltando de libro en libro, de blog en blog. Igual que hacemos con los amores, los amigos, los ligues o las ilusiones.
Los usamos mientras nos motivan lo suficiente y, en cuanto aparece otro estímulo mejor -aunque sea por novedoso-, desechamos lo anterior casi como si de basura se tratase.
Pasado un tiempo, vuelta a empezar.
No me extraña que así, de tanto empacho, mucha gente llegue a sentir indiferencia, casi asco, por sus propias vidas y las de sus semejantes. Lo que lleva a cosificar a los otros y exprimirles todo el jugo de una vez, a modo de poloflash; o bien a sumirnos en una falsa misantropía que a veces no es otra cosa que hastío o desesperación ante tanto absurdo sentimental.
De sociabilidad más bien contemplativa, sólo tengo dos o tres amigos desde hace ya muchos años, a los que aún hoy sigo intentando conocer.
¿De verdad alguien cree que conoce a sus semejantes, incluso a sus familiares?.
Creo que pocos de nosotros lo intenta de verdad, damos por sentadas tantas cosas, y estamos tan ocupados con nuestro propio ego... Y no me extraña, porque bastante complicado es conocerse a uno mismo, como para intentar conocer a los demás. Sobre todo porque, por desgracia, cada vez más parecemos meras cartas de presentación en este perverso juego del éxito social.
La mayoría, entonces, intentamos adaptarnos a esas exigencias del mercado en la medida de nuestras posibilidades para gustar y relacionarnos más y más, cuando en realidad lo interesante sería precisamente molestarnos en descubrir la verdadera esencia de los que nos rodeaban ya.
Precisamente por eso me cuesta tanto luego separarme de la gente que me gusta o dejar de amar, y tengo tanto lío sentimental. ¿Novios, amantes, amigas, compañeros, colegas? joder, yo los quiero a todos casi por igual.
¿Cuál es la diferencia, dónde están las barreras? ¿Es cuestión de egoísmo, de celos, de posesión, de follar?
domingo, 15 de agosto de 2010
La montaña rusa
Desde hace unos días veo pasar a grupos de chicas-clones en manada que, con bastante pinta de
putas, se dirigen a divertirse a la feria de Agosto, estandarte juerguístico de
la Costa del
Sol.
Cómo han cambiado los tiempos, en mi juventud íbamos a la feria a comernos una mazorca de maíz y un algodón de azúcar, a hacer pasar al novio de turno la prueba del machitoconsiguepeluches, a disfrutar de algún concierto, un poco de calimocho, los primeros porros... Pero ahora la gente sólo sale a enciegarse y exhibirse cual feria de ganado, ¿no?.
Por otro lado qué envidia me dan. Yo aquí intentando suicidarme comiendo espaguetis y helado a la 1 de la madrugada, jodida por no saber qué hacer con mi vida, o por haber olvidado lo que aprendí leyendo El Universo elegante o viendo los programas de Redes; y ellas con la única preocupación de estar morenitas y suficientemente flacas pa colocarse esos shorts vaqueros y así tener más probabilidades de follar. Por otro lado, normal.
Que digo yo que pasarán incluso de las atracciones, con lo divertidas que eran. Uf, con lo que flipa el vapuleo adrenalínico de la montaña rusa.
Sí, muchos aprendimos que la única forma de pasárselo bien era siendo sacudido, aguantando, casi disfrutando, los altibajos emocionales de la vida y de los otros, como si de una atracción de feria se tratase.
Que tu amiga ha sido una zorra contigo... ¡pobre!, algo de celos te tendrá, ¡y los momentos en que simule quererte de verdad más lo disfrutarás!.
Que tu madre está de los nervios... quiérela mucho, que ya se le pasará...
Que tu chico ha resultado ser un desquiciado cabrón hijoputa, ¡pobre!, algún trauma tendrá, ¡y las veces que os reconciliéis más lo querrás!
El bien y el mal se pueden fundir en tu cabeza y, cual dioses del reciclaje, concentrar la energía de sus desatados vaivenes para destilar la esencia que lleva a sobredimensionarme a través del karma universal. ¿?
Va todo genial... tengo un montón de relaciones sociales más...
XD
Cómo han cambiado los tiempos, en mi juventud íbamos a la feria a comernos una mazorca de maíz y un algodón de azúcar, a hacer pasar al novio de turno la prueba del machitoconsiguepeluches, a disfrutar de algún concierto, un poco de calimocho, los primeros porros... Pero ahora la gente sólo sale a enciegarse y exhibirse cual feria de ganado, ¿no?.
Por otro lado qué envidia me dan. Yo aquí intentando suicidarme comiendo espaguetis y helado a la 1 de la madrugada, jodida por no saber qué hacer con mi vida, o por haber olvidado lo que aprendí leyendo El Universo elegante o viendo los programas de Redes; y ellas con la única preocupación de estar morenitas y suficientemente flacas pa colocarse esos shorts vaqueros y así tener más probabilidades de follar. Por otro lado, normal.
Que digo yo que pasarán incluso de las atracciones, con lo divertidas que eran. Uf, con lo que flipa el vapuleo adrenalínico de la montaña rusa.
Sí, muchos aprendimos que la única forma de pasárselo bien era siendo sacudido, aguantando, casi disfrutando, los altibajos emocionales de la vida y de los otros, como si de una atracción de feria se tratase.
Que tu amiga ha sido una zorra contigo... ¡pobre!, algo de celos te tendrá, ¡y los momentos en que simule quererte de verdad más lo disfrutarás!.
Que tu madre está de los nervios... quiérela mucho, que ya se le pasará...
Que tu chico ha resultado ser un desquiciado cabrón hijoputa, ¡pobre!, algún trauma tendrá, ¡y las veces que os reconciliéis más lo querrás!
El bien y el mal se pueden fundir en tu cabeza y, cual dioses del reciclaje, concentrar la energía de sus desatados vaivenes para destilar la esencia que lleva a sobredimensionarme a través del karma universal. ¿?
Va todo genial... tengo un montón de relaciones sociales más...
XD
viernes, 2 de julio de 2010
Egodistónica con ginebra
Lo pensé de repente el otro día, cuando me vi sintiendo cosas muy raras mientras paseaba con mi perra.
Una
especie de energía extrasensible empezó a deformar mi percepción del mundo
exagerando las sensaciones, hasta el punto de flipar con una florecilla meada
por un perro o sentir una especie de amor universal que me inundaba hasta casi
salirme por las orejas.
Aunque igual no es tan raro, también le pasaba a un
amigo mío con según qué paja...
Una época, hace años, ya me había pasado algo parecido.
Y ya ves, yo pensando inocente perdida que era debido al amor (¡amor, por fin,
amor!), cuando en realidad sería un trastorno de ansiedad como la copa de un
pino.
Algunas escasas pero intensas noches, una avalancha de pensamientos existenciales muy mal dirigidos me ofuscaba de tal modo que acababa perdiendo la perspectiva y hasta el decoro argumental.
Y de repente me encontraba
desesperada, hastiada, con ganas de mandarlo todo a la mierda, de tirarme por
el balcón, hacerme el seppuku, o pegarle una paliza al primero que pasase.
Qué malo es pasarse todo el día encerrada en casa, leyendo a Henry Miller y a Ciorán.
Esta noche saldré a tomarme un cubata y ya está.
lunes, 28 de junio de 2010
Ayer, o antes de ayer
Mi vecina estaba mejor de la quimio y,
mientras me volvía a contar con pelos y señales durante largos minutos lo
injusto de la negligencia, yo sólo atinaba a ver sus labios y sus ojos moverse
una y otra vez.
Mi amigo tardó tres minutos en sentarse a la mesa a comer, mientras me explicaba lo mal hechos que estamos, y que deberíamos tener la piel resistente como la de los pulpos, y su misma capacidad para regenerar los miembros.
Mi madre dejó de ver el cotilleo para preguntarme si quería algún caprichito del súper, porque hacía años que no me veía esta cara.
Mi chico me llamó para decirme todo lo que me quería, y que le había contado orgulloso y risueño a su amigo el día que salvé a un bicho moribundo de ser comido por las hormigas y acabé ansiosa y culpable por haberme inmiscuido en la naturaleza y el destino.
Mis hermanos vieron juntos el futbol y me ofrecieron un trozo de pizza.
La perra me miraba desde su camita del suelo con cara de pena y ganas de echar un polvo.
No sé lo que estarías haciendo tú.
Pero yo, yo sólo quería escuchar esta canción una y otra vez...
noir desir-le vent nous portera
Mi amigo tardó tres minutos en sentarse a la mesa a comer, mientras me explicaba lo mal hechos que estamos, y que deberíamos tener la piel resistente como la de los pulpos, y su misma capacidad para regenerar los miembros.
Mi madre dejó de ver el cotilleo para preguntarme si quería algún caprichito del súper, porque hacía años que no me veía esta cara.
Mi chico me llamó para decirme todo lo que me quería, y que le había contado orgulloso y risueño a su amigo el día que salvé a un bicho moribundo de ser comido por las hormigas y acabé ansiosa y culpable por haberme inmiscuido en la naturaleza y el destino.
Mis hermanos vieron juntos el futbol y me ofrecieron un trozo de pizza.
La perra me miraba desde su camita del suelo con cara de pena y ganas de echar un polvo.
No sé lo que estarías haciendo tú.
Pero yo, yo sólo quería escuchar esta canción una y otra vez...
noir desir-le vent nous portera
miércoles, 16 de junio de 2010
Jugando con Dios 2ª parte. O Narraciones "extraordinarias"
Cuando cerré la puerta tras de mí, por
fin, después de tres días sin parar de leer y follar, me miré corriendo al
espejo muerta de angustia. ¿Tendría que volver a depilarme, andaría el tinte en
su sitio? -Joder, ¡y cuatro días sin cagar!, a mi esto me va a matar-.
Pero la vergüenza de saber que el plof reverberaría en toda la estancia y los campos adyacentes me llevó a sentirme como en el túnel de la muerte. En la décima de segundo que tardó en venir la criatura pasaron por mi mente infinidad de recuerdos al lado de aquel cabrón que tanto me haría luego sufrir.
Como la de latas de cerveza que tuve que
beberme deprisa escondida en la calle, las primeras veces que quedamos, por eso
de disimular la timidez y parecer más locuaz. O la de ropa nueva que me tuve
que comprar.
O aquella romántica primera noche
durmiendo juntos en que, de tantos gases cerveciles y nerviosiles, no pude
pegar ojo con tal de controlar y silenciar la salida de algún delator.
Como en La invasión de los ultracuerpos, tuve que soportar la más cruel de las torturas y no dejarme caer rendida y extasiada en los suaves brazos de Morfeo en toda la noche.
Aunque finalmente, igual que en la peli, sucumbí.
Y también igual que en la peli el castigo fue ser convertida en un desagradable ente con apariencia humana. Que, para más inri, despertó la estancia y a sus ocupantes en un ensordecedor ruido de infarto que comenzó a retumbar de manera infinita de pared a pared matando a su paso a los cuatro angelitos de la guarda y al amor que hubiera podido surgir de aquella incipiente relación.
Impresionante ruido que, por supuesto, hice como si no hubiera pasado, ni escuchado, simulando un pequeño ronquido que a su vez intentaba tapar el sonido de un angustioso tragado de saliva.
Como en La invasión de los ultracuerpos, tuve que soportar la más cruel de las torturas y no dejarme caer rendida y extasiada en los suaves brazos de Morfeo en toda la noche.
Aunque finalmente, igual que en la peli, sucumbí.
Y también igual que en la peli el castigo fue ser convertida en un desagradable ente con apariencia humana. Que, para más inri, despertó la estancia y a sus ocupantes en un ensordecedor ruido de infarto que comenzó a retumbar de manera infinita de pared a pared matando a su paso a los cuatro angelitos de la guarda y al amor que hubiera podido surgir de aquella incipiente relación.
Impresionante ruido que, por supuesto, hice como si no hubiera pasado, ni escuchado, simulando un pequeño ronquido que a su vez intentaba tapar el sonido de un angustioso tragado de saliva.
O la vez que, pensando que ya se había
marchado mi prima menstru, acabé embadurnando la tapicería de su súpermegacoche
y su entrepierna metrosexual de los rojos fluídos de la vida.
De repente, antes de que se repitiera la
vergüenza del que bauticé como día Hiroshima y los posteriores
malintencionados comentarios del tipo a ti no te despierta ni una bomba...
me vi agarrada a la blandita, caliente y cada vez más larga defecada criatura de la discordia.
A modo de amortiguación por tiempos la fui sosteniendo para que la pobre no se hiciera daño al caer a las delatoras aguas del retrete. De nuevo se presentaba ante mí una gran oportunidad para haber acabado en manos de psicoanalistas especializados en coprofagias y escatologías varias.
me vi agarrada a la blandita, caliente y cada vez más larga defecada criatura de la discordia.
A modo de amortiguación por tiempos la fui sosteniendo para que la pobre no se hiciera daño al caer a las delatoras aguas del retrete. De nuevo se presentaba ante mí una gran oportunidad para haber acabado en manos de psicoanalistas especializados en coprofagias y escatologías varias.
Y es que, no se me había ocurrido otra
cosa para llenar mi vacío existencial y mi aburrimiento que echarme un amante
para aunque sea jartarme de follar. Había osado a jugar con el destino, con
Dios, y tentar a la suerte -ya escrita de antemano en los anales de la
desgracia- para encontrar ya no vida, sino vidilla. Y joder, decían que
funcionaba... pero bah.
lunes, 14 de junio de 2010
Jugando con Dios
Es increíble la importancia que le damos
a que nos quieran los demás, y al qué dirán.
Cómo puede afectarnos que no nos aprecien o incluso nos devuelvan un feo reflejo de nosotros mismos que no esperábamos.
O peor todavía, que sí esperábamos pero no podemos o queremos cambiar.
Por eso nos esforzamos y hasta forzamos por mostrar ese punto que sabemos atractivo, de la misma forma que nos prohibimos sacar a la luz esas vergüenzas tan poco halagüeñas. Fu, ¡menudo estrés!
Cómo puede afectarnos que no nos aprecien o incluso nos devuelvan un feo reflejo de nosotros mismos que no esperábamos.
O peor todavía, que sí esperábamos pero no podemos o queremos cambiar.
Por eso nos esforzamos y hasta forzamos por mostrar ese punto que sabemos atractivo, de la misma forma que nos prohibimos sacar a la luz esas vergüenzas tan poco halagüeñas. Fu, ¡menudo estrés!
De condición chapucera, pasota, casi
idealista, también me veo muchas veces inmersa en ese suplicio adaptativo para
ser querida. Y es que no es difícil, llegado el caso, basarnos en victimistas
coartadas para abandonar nuestra esencia primera y unirnos sin culpa, cómoda y
pragmáticamente, al bando del atractivo enemigo.
La mayor coartada que casi todos tenemos es que, quitando los cuatro encaprichamientos que inspiramos a partir de la adolescencia, nunca nos sentimos queridos o admirados por nadie, ni por los padres siquiera -oh, mundo cruel-. Desde bien pequeña yo le preguntaba a la mía para qué había tenido hijos, con lo bien que hubiera estado ella sola. Y es que siempre fui consciente de que las vidas de los padres se transforman en meros sacrificios existenciales para, a través de sus creaciones, obtener la ingenua y redentora oportunidad que les permita mejorar, y de paso encontrar sentido a su existencia. Qué atrevidos y osados los padres, jugar a ser Dios.
La Nothomb, en su Biografía del hambre, habla del choque que supone para un niño darse cuenta de la necesidad de seducir hasta a su propia madre. Yo, como tenía más que asumido que nunca llegaría a hacerlo, no veía mayor problema. Pero pronto te ves obligado a aportar el suficiente atractivo si quieres tener amigos, ligues, trabajo, compañeros, éxito social. Y claro, como es la sociedad la que marca las claves de su éxito, nos dejamos llevar por los tramposos senderos que nos muestra: "Deja de soñar. Déjate explotar. Deja de pensar. Se feliz y normal".
Y así, sin pensar, para ser felices, normales y gustar, nos dejamos la ilusión y el dinero en e$tudiar para intentar adquirir cierto prestigio social; el orgullo y la vida en tRaBaJar, trAbAjAr, tRaBaJar para poder comprar y competir más y más; y la salud mental en gUstar gUstar gUstar gUstar.
Y luego que si ambigüedad, trastornos, anorexias, ninfomanías, que si doble personalidad ¿Todo por gustar? Nunca a la altura, siempre insatisfechos, apocados, desfasados, angustiados. (Que menos mal que se quita con salir a comprar, o a follar...)
Muchos años pensé ¿para qué molestarme en buscar trabajo, hacer amigos o amar?. A veces me sentía como una mascota. Apartada del mundo y la libertad a cambio de cierta tranquilidad, sueldo a fin de mes, una cama blandita, comida y ducha. Pero aún perdida, sin saber con qué dueño debía jugar.
Rodeada de existencias tanto o más perdidas que la mía. Enfermeras suicidas, alcohólicos, yonkis, cabreros, homosexuales frustrados y solitarios de sobremesa.
Un día ya no pude más.
Y así fue cómo comencé a buscar la libertad (y acabé en un cuarto de baño agarrando algo largo y caliente para gustar)
Continuará...
La mayor coartada que casi todos tenemos es que, quitando los cuatro encaprichamientos que inspiramos a partir de la adolescencia, nunca nos sentimos queridos o admirados por nadie, ni por los padres siquiera -oh, mundo cruel-. Desde bien pequeña yo le preguntaba a la mía para qué había tenido hijos, con lo bien que hubiera estado ella sola. Y es que siempre fui consciente de que las vidas de los padres se transforman en meros sacrificios existenciales para, a través de sus creaciones, obtener la ingenua y redentora oportunidad que les permita mejorar, y de paso encontrar sentido a su existencia. Qué atrevidos y osados los padres, jugar a ser Dios.
La Nothomb, en su Biografía del hambre, habla del choque que supone para un niño darse cuenta de la necesidad de seducir hasta a su propia madre. Yo, como tenía más que asumido que nunca llegaría a hacerlo, no veía mayor problema. Pero pronto te ves obligado a aportar el suficiente atractivo si quieres tener amigos, ligues, trabajo, compañeros, éxito social. Y claro, como es la sociedad la que marca las claves de su éxito, nos dejamos llevar por los tramposos senderos que nos muestra: "Deja de soñar. Déjate explotar. Deja de pensar. Se feliz y normal".
Y así, sin pensar, para ser felices, normales y gustar, nos dejamos la ilusión y el dinero en e$tudiar para intentar adquirir cierto prestigio social; el orgullo y la vida en tRaBaJar, trAbAjAr, tRaBaJar para poder comprar y competir más y más; y la salud mental en gUstar gUstar gUstar gUstar.
Y luego que si ambigüedad, trastornos, anorexias, ninfomanías, que si doble personalidad ¿Todo por gustar? Nunca a la altura, siempre insatisfechos, apocados, desfasados, angustiados. (Que menos mal que se quita con salir a comprar, o a follar...)
Muchos años pensé ¿para qué molestarme en buscar trabajo, hacer amigos o amar?. A veces me sentía como una mascota. Apartada del mundo y la libertad a cambio de cierta tranquilidad, sueldo a fin de mes, una cama blandita, comida y ducha. Pero aún perdida, sin saber con qué dueño debía jugar.
Rodeada de existencias tanto o más perdidas que la mía. Enfermeras suicidas, alcohólicos, yonkis, cabreros, homosexuales frustrados y solitarios de sobremesa.
Un día ya no pude más.
Y así fue cómo comencé a buscar la libertad (y acabé en un cuarto de baño agarrando algo largo y caliente para gustar)
Continuará...
miércoles, 9 de junio de 2010
Gallinas en el líbano
El sábado pasado me colé en una ceremonia religiosa de esas para unir a dos almas en una sola hipoteca. Me apetecía oye, que hacía 20 años que no iba a hacerle una visita a Dios.
Y mis amigas, sí invitadas, me habían ofrecido acompañarlas para entretenerme de la llantera de hacía un rato.
Para no desentonar demasiado ni hacer pasar vergüenza a mis acompañantes olvidé mis habituales cascarrias sayas y salí de compras para travestirme de joven mona aparente y competente:
falda corta blanca, camiseta roja, zapatitos rojos con moña blanca, pinturas rojas y blancas, espuma pegajosa para el pelo y un anillo rojoplástico de los chinos.
No se podía estar más espectacular.
Mientras intentaba disimular mi acentuado complejo de torpe social, y observaba insegura desde la última fila los pintorescos disfraces de la concurrencia (probablemente empeñada para la ocasión), el cura empezó a carraspear en tono regañativo:
-¡Un poco de respeto y silencio!- pedía. -¡Estamos en la casa de Dios!-.
Y entre la típica sesión aeróbica ahoradepieahorano y los movimientos de labios rumiando las respuestas que ya nadie conoce, el cura preguntó a los novios por qué se casaban.
Qué capullo...
Como ni sabían qué contestar, comenzó un duro sermón que no sé si era un desahogo por la hipocresía de estos tiempos o por la propia frustación del cura, que estaría encabronado porque su novio le habría puesto los cuernos, o echaría de menos las confesiones de las comuniones.
Se me hicieron los ojos chiribitas -¡bronca bronca!-.
Mis amigas me miraban con cara de niseteocurradecirná.
Y yo deseando coger al cura del cuello y gritarle -pero pedazo de capullo, ¿y tu qué? aqui chupando del bote, cambiando el padre nuestro a tu rollo, y encima maleducao,
¡mira que darle el día a estos pobres desgraciaos!-.
En el momento culmen del beso mis amigas ya lloraban como madalenas.
-¿Qué haceis?- les increpaba yo.
-Si os caen fatal los novios, y llevan ya quince años juntos-.
-¡Pues anda que tú, llorando esta mañana por una gallina!-
-¡No no no no! ¡por una gallina no! ¡Miles, miiiillones!
¡les cortan el pico porque se vuelven locas y se automutilan y atacan a las de las minijaulas de al lao!-
Cuando terminó todo una señora gorda disfrazada de avestruz, con unas plumas que casi llegaban al techo de
-Tranquila, señora, sólo me he acoplado a
Que por cierto, mal asunto allí también para los animales de granja...
¿Alguien sabía que el Padre Nuestro lo habían cambiao?
lunes, 7 de junio de 2010
El fuet de la discordia
Mientras dilucidaba sobre cuál de mis
seudoexperiencias de los últimos días me apetecía escribir hoy... mi madre me ha interrumpido para ponerme al día, de
repente, de una cuestión de suma relevancia para la humanidad:
-María, el mejor fuet es del mercadona-.
Siempre me ha llamado la atención la forma que tiene de hacerme partícipe de sus pensamientos o noticiones. Ella suelta la perla sin venir a cuento y se va tan pancha, como con el deber cumplido.
Como un día que me dio un susto de muerte al entrar a mi cuarto bien temprano sólo para decirme: -¡Despierta! que se ha muerto Lady Di...-
-¡Y qué pasa!, ¿nos han invitado al entierro?-.
-María, el mejor fuet es del mercadona-.
Siempre me ha llamado la atención la forma que tiene de hacerme partícipe de sus pensamientos o noticiones. Ella suelta la perla sin venir a cuento y se va tan pancha, como con el deber cumplido.
Como un día que me dio un susto de muerte al entrar a mi cuarto bien temprano sólo para decirme: -¡Despierta! que se ha muerto Lady Di...-
-¡Y qué pasa!, ¿nos han invitado al entierro?-.
Pasa en todas partes, y hasta en las mejores familias: la soledad y la incomprensión rezuman por nuestros poros, nuestros genitales, los pelos de la nariz, los ojos de las cerraduras y hasta los pitorros de las ollas expres.
No nos entendemos, ni entre nosotros ni a nosotros mismos, de la misma forma que a ratos no nos soportamos y otros ratos nos necesitamos y hasta adoramos.
Pero ¿sabéis qué? aunque parezca lo más
absurdo, tonto, frustrante e ingenuo del mundo, siento como si formarais parte
de mi y mi aburrida pecera llena de algas asquerosas.
lunes, 31 de mayo de 2010
El precio del ser
Este sábado noche acabé en pelotas en
plena calle bajo la lluvia.
No porque me hubieran violado, ni siquiera por estar jugando a Mi vida sin mí o a reconocer a Dios en los pequeños detalles en plan Amelie.
Sólo fue porque llovía, y casi podía tocar el mar y la montaña a la vez, y acababa de echar el polvo del siglo con el mejor hombre del universo. Que encima está bueno que te cagas, es mucho más joven que yo y se ha comprado una casa junto a un campito pa vivir conmigo que soy un desastre.
Y había una luna llena enorrrme. Y las luces de los coches alumbraban mi cuerpo, extasiado aún a pesar del frescor pluvial. Y tenía un buen rollo que pa que, ¡y pa qué me iba a poner la ropa otra vez!
En eso que vi junto a mí una lechuza apoyada en un ceda el paso. Casi me da algo.
Es uno de mis bichos preferidos, y con 32 años que tengo manda huevos que nunca había visto una en persona, y estaba ahí...con los mismos ojos que los míos, preparada para cazar hasta que se lanzó planeando sigilosa hacia su víctima.
Y no, a pesar del extasioso momento no pensaba en Dios, sino en Paco, un conocido que a veces hacía cosas asquerosas, según él para conseguir algo de pasta.
Por sólo cinco euros que juntaran sus colegas pa echarse unas risas a su costa era capaz de tragarse un bote entero de ketchup o un culillo de cerveza con cenizas. Todos creían que hacía esas cosas desde que le diagnosticaron esquizofrenia tras su paso por la mili, pero yo siempre pensé que lo hacía llana y simplemente porque le daba la gana.
No digo que no tuviera esa enfermedad -que vete tú a saber- sino que muchas veces uno se camufla como sea o de lo que sea con tal de darse el gustazo de hacer lo que realmente le apetece.
Lo de pedir dinero puede que sólo fuera una excusa para pasar desapercibido su punto excéntrico, igual que sacar al perro para los mirones o los carnavales para los frustrados transformistas.
Nunca me gustó llamar la atención y, para no ser censurada, empecé a copiar a Paco en eso de pedir dinero, que de paso me ganaba unas pelillas. El "¿Cuánto me das si...?" se convirtió en mi frase fetiche, y encima me hacía parecer una chica divertida.
Y así, por supuestas apuestas, empecé a permitirme ser más animalilla de lo poco que una humana se deja ahora ser. Comer algo del suelo o restos de los bares; probar cosas supuestamente asquerosas sólo por curiosidad; pegarle lametazos a los animales o jugar como uno de ellos; bañarme en pelotas en la playa; abordar a desconocidos; o enseñar las tetas cuando pasaba un autobús lleno de gente.
La pena es que con esto de la crisis ya nadie suelta un euro así lo maten, ahora está difícil hasta trabajarse el ser. Por eso mismo la otra noche pasé de sacar el "cuánto me das" y, con el cuerpo y el alma aún palpitando de placer, salí a mojarme bajo la lluvia.
En pelotas. En Picaceite. Tan ricamente.No porque me hubieran violado, ni siquiera por estar jugando a Mi vida sin mí o a reconocer a Dios en los pequeños detalles en plan Amelie.
Sólo fue porque llovía, y casi podía tocar el mar y la montaña a la vez, y acababa de echar el polvo del siglo con el mejor hombre del universo. Que encima está bueno que te cagas, es mucho más joven que yo y se ha comprado una casa junto a un campito pa vivir conmigo que soy un desastre.
Y había una luna llena enorrrme. Y las luces de los coches alumbraban mi cuerpo, extasiado aún a pesar del frescor pluvial. Y tenía un buen rollo que pa que, ¡y pa qué me iba a poner la ropa otra vez!
En eso que vi junto a mí una lechuza apoyada en un ceda el paso. Casi me da algo.
Es uno de mis bichos preferidos, y con 32 años que tengo manda huevos que nunca había visto una en persona, y estaba ahí...con los mismos ojos que los míos, preparada para cazar hasta que se lanzó planeando sigilosa hacia su víctima.
Y no, a pesar del extasioso momento no pensaba en Dios, sino en Paco, un conocido que a veces hacía cosas asquerosas, según él para conseguir algo de pasta.
Por sólo cinco euros que juntaran sus colegas pa echarse unas risas a su costa era capaz de tragarse un bote entero de ketchup o un culillo de cerveza con cenizas. Todos creían que hacía esas cosas desde que le diagnosticaron esquizofrenia tras su paso por la mili, pero yo siempre pensé que lo hacía llana y simplemente porque le daba la gana.
No digo que no tuviera esa enfermedad -que vete tú a saber- sino que muchas veces uno se camufla como sea o de lo que sea con tal de darse el gustazo de hacer lo que realmente le apetece.
Lo de pedir dinero puede que sólo fuera una excusa para pasar desapercibido su punto excéntrico, igual que sacar al perro para los mirones o los carnavales para los frustrados transformistas.
Nunca me gustó llamar la atención y, para no ser censurada, empecé a copiar a Paco en eso de pedir dinero, que de paso me ganaba unas pelillas. El "¿Cuánto me das si...?" se convirtió en mi frase fetiche, y encima me hacía parecer una chica divertida.
Y así, por supuestas apuestas, empecé a permitirme ser más animalilla de lo poco que una humana se deja ahora ser. Comer algo del suelo o restos de los bares; probar cosas supuestamente asquerosas sólo por curiosidad; pegarle lametazos a los animales o jugar como uno de ellos; bañarme en pelotas en la playa; abordar a desconocidos; o enseñar las tetas cuando pasaba un autobús lleno de gente.
La pena es que con esto de la crisis ya nadie suelta un euro así lo maten, ahora está difícil hasta trabajarse el ser. Por eso mismo la otra noche pasé de sacar el "cuánto me das" y, con el cuerpo y el alma aún palpitando de placer, salí a mojarme bajo la lluvia.
Contigo, mi niño.
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