sábado, 29 de noviembre de 2008

Sin humor no hay sabiduría


Cuando me sentí cansado de parir obras que eran sólo espejo de mis egos, abandoné durante dos años el arte. Al olvidarme de mí mismo, me cayó encima el dolor del mundo. Envueltos en su laborioso acontecer, no siendo sino pareciendo, los ciudadanos, como yo, habían perdido la alegría de vivir.

Amortiguados por drogas, café, tabaco, alcohol, azúcar, exceso de carne, desengañados de la política, la religión, la ciencia, la economía, las guerras «patrióticas», la cultura, la familia, tristes animales sin finalidad con máscaras de satisfechos, nos paseábamos por las calles de un planeta al que sabíamos que poco a poco íbamos envenenando. La enfermedad de nuestra sociedad era profunda. Un antiguo cuento chino me sacó del abismo:
Una gran montaña cubre con su sombra una pequeña aldea. Por falta de rayos solares los niños crecen raquíticos. Un buen día los aldeanos ven al más anciano de ellos dirigirse hacia los límites del pueblo, llevando una cuchara de loza en las manos.
–¿A dónde vas? –le preguntan. Responde:
–Voy a la montaña.
–¿Para qué?
–Para desplazarla.
–¿Con qué?
–Con esta cuchara.
–¡Estás loco! ¡Nunca podrás!
–No estoy loco: sé que nunca podré, pero alguien tiene que comenzar

(Jodorowsky)

 

viernes, 28 de noviembre de 2008

La conquista de la inocencia


Nació abriendo los ojos fuerte y se buscó el rincón más alto. Luz debajo de las mantas, una tienda de campaña donde se escondía de los de afuera. Jugaba a las cosquillas y los besos de mayores, a decir palabras feas y a cantar por un micrófono que ya ni funcionaba.

Cuando se veía desde fuera y llegaba la vergüenza se hacía la invisible. A veces se doblaba el lóbulo de las orejas hacia dentro, introduciéndolos en el orificio del oído hasta que se pasara el gordo fresquito. Le gustaban los botes con botones y el olor del pegamento. Sus tesoros eran tres canicas y un poco de mercurio. Odiaba la clara de huevo y la laca.

Tenía una amiga al final de la calle. Volvía a casa corriendo, y en el portal tomaba fuerzas para subir más deprisa huyendo del miedo. Se ponía flores en el pelo y llevaba siempre colgado un bolsito encontrado donde guardaba todo lo que seguía encontrando. Fabricaba pulseras de lana trenzada y las vendía poniendo cara de pena para comprarse galletas. Se sentía libre en los descampados. Hacía hogueras, estudiaba a los bichos, y jugaba con el perro que luego la acompañaba al colegio.

Aprendió a leer antes que nadie, y se bebía los libros que la salvaban de la vulgaridad de siempre.
Cuando llovía fingía darle fobia las lombrices para que alguien la cogiera en brazos. Aunque tímida, hablaba con todo el mundo. Hacía visitas por sorpresa, regalitos, y cambiaba de amigos cada seis meses. Contaba el número de veces que pasaban coches rojos, y usaba sujetador aunque no tuviera pecho.

Lloraba con el corazón encogido el primer y el último día en los campamentos. Tiraba desde su infinita ventana mensajes enrrollados en lápices de colores, e imaginaba las vidas de las luces a lo lejos. Se encogía con los problemas, hasta que se reía de ellos sintiéndose fuerte. No soportaba las rivalidades y los egoísmos desmesurados. Quería que todos fuéramos compañeros y se frustraba mucho al ver la imposibilidad de ese sueño.

Quería ser mayor para trabajar y tener dinero. Con su primer sueldo se compraría una tarta enorme de merengue para meter la cara dentro, cien libros y películas, y muchos cepillos de dientes. Un día se encontró mil pesetas y invitó a una desconocida a comer perritos calientes.
Odiaba el tabaco y el café la ponía mala. En cambio, probaba la savia divinorum para alcanzar una nueva dimensión sensible, y los hongos para ver si era verdad eso de que uno se reía mas rato.

Se pasaba la vida dentro de los libros, la música y las películas. Cada cierto tiempo salía por si aquella vez sí merecía la pena compartirse con otros seres. Alquilaba familias, casas, camas, sonrisas y caricias. Y cuando se cumplían los contratos volvía a empezar de nuevo. Tenía complejo de forastera y ocupa, quería tener su propia familia, casa, cama y sonrisa.

Un día ya no quiso intentar nada de nuevo. Pero la tentación por las historias, típico de poetas fallidos de existencia, la sedujo de nuevo y como nunca... hasta darle un puñetazo en el estómago y los sesos, en la poquita inocencia.

Ahora se niega a tirar la toalla. La vulgaridad oprime y desespera. Pero aún confía en las almas errantes ajenas de miedo y verguenzas, que acabarán por unirse al fin desprovistas de tanto vacío y recelos.

 

sábado, 1 de noviembre de 2008

Amores platónicos


Las imágenes de las fans de los beatles o el dúo dinámico, a pesar del mal rollo que daban, tenían su aquel. Cientos de niñas locas e histéricas por tener cerca a sus ídolos, pero al fin y al cabo se veían modosita, y en blanco y negro. Las de ahora no sé de qué color serán, solo sé que soltarme en medio de un concierto de Haze o de Bustamante es una de mis más recurrentes pesadillas.

 

 

Ya con mis vecinas notaba una gran diferencia. Ellas me hablaban de sus suspiros por Glenn Medeiros, Rob Lowe o los New Kids on the block. Yo por las noches me lo montaba con el cantante de Europe, George Michael :S, o uno de un cromo de fútbol que me salió en las pipas, Juan Carlos, del Athletic de Bilbao. Nada que ver con ídolos típicos para soñar a jugar a los médicos o las casitas, pero es que me hubiera servido hasta el Fari en esa época. Si con el mundo interior que ya tenía, me volaba la imaginación hasta límites tan elevados que la proyección mental de las sensaciones era lo de menos.

Luego me emplatonicé del profesor de ciencias del instituto. Se que el de gimnasia estaba cachas, y decían que se liaba con las alumnas y todo, pero a mi el que me pillaba más a mano era el de Ciencias, que lo pillaba con mas ganas además. Era un hombre de mirada triste, serena, paradójicamente parecía feliz. Medio calvo, cuarentón, con unas cejas a lo Zapatero, y pegado a una nariz. Me enamoré de él un día que nos llevó de excursión a toda la clase. Fuimos en el autobús urbano hasta la afueras de la ciudad, y desde allí recorrimos una ruta atravesando terrenos en los que podíamos apreciar no sólo los diferentes estratos, rocas y minerales, sino la sensación de sentir su olor, su tacto, y ser conscientes de la maravillosa oportunidad de tener al alcance de la mano eso que solo habíamos visto en los libros y las películas, ahora convertidos en una realidad completa y suprema. Eso sí que es ser profesor, pensaba yo a la vuelta. En el autobús, ya oscurecido, me regodeaba también pensando que tendría una vida muy triste, con una mujer siempre con jaqueca, y él harto de aguantar niñatos. A veces soñé despierta en clase, mientras explicaba, que descubría en mí una chica joven, pero nada tonta, con muchas ganas de escucharlo, contarle cosas y por qué no darle algún buen rato.

 

 

No entiendo la manía de enamorarse de una figura mediática. Rizos, caras de malo, cuerpos inflados, voces clamando a un amor falso. A mi me gusta la gente interesante, donde va a parar, hasta para irme a la cama. Si mi contacto con el sexo opuesto estuviera motivado por el puro morbo de satisfacer un calentón, como pasa a una gran mayoría, para eso me llamo al telemulato o salgo a tomarme un gintonic y acabo antes. Dónde han quedado las seducciones y los misterios, saborear los momentos haciéndolos especiales. Seleccionar a la víctima. Y buscarla dentro de un círculo mentalmente interesante, cercano y sano.

 

El verano pasado tuve varios shocks platónico-amorosos. Una tarde estaba en el paseo marítimo con mi mierdecilla de bici y Rayuela, al sol. Levanté la vista y en el banco de al lado había un chico que era Cortázar con muchos años menos. Su hijo, pensé. O él, qué mas dá. ¿Le gustaría leer sus propias novelas? ¿Las conocería?. Se levantó para irse, así que tuve que perseguirlo para intentar averiguarlo. Dejé que andara un rato y empecé a seguirlo con la bici, parando de vez en cuando para que no se diera cuenta. No sabía cómo acercarme a él para no asustarlo, así que aceleré y me adelanté hasta el cine. -Si viene al cine, me lanzo, si no, paso de largo-. Dejé corriendo la bici dentro del cine, y salí a esperarlo sentada en la puerta. Y sí, pasó por alli, pero pasó de largo.

 

 

Este otoño, ya recuperada de tanta tontería, iba un dia andando con el mp3 hacia la biblioteca, cuando junto a mi lado, en el paso de peatones, se paró un tío que era igualito a Djavan. En ese momento del mp3 empezó a emanar su canción Nem um dia frio. Así que algo dentro de mí literalmente me obligó a perseguirlo para ver donde iba. El tío pegaba zancadas de dos metros, así que en determinado momento lo perdí de vista. El corazón, encogido y animado, me lanzó a pegarme una carrera para encontrarlo. Y a lo Lola, corre Lola allí que iba yo pensando en lo cansada y lo loca que estaba. Dentro de la biblioteca, cuando ya pensaba que me había perdido la oportunidad de conocer a mi Djavan de delirio estival, él también estaba allí y se dirigía hacia mi, y sería por algo. Lo esperé mirándole a los ojos, que en ningún momento se acercaron a los mios, y cuando pasó por mi lado me pegó en empujón que casi me estampa contra la enciclopedia de historia.

 

 

Historias las que me monto, que hay que ver qué malo es tener tanta imaginación.

 

jueves, 30 de octubre de 2008

Friki


Creo que, inconscientemente, siempre me han atraído los perdedores. Desde pequeña, siempre me gustaron las novelas protagonizadas por dramáticos amores y personajes atormentados por la culpa o la tuberculosis.

 

Solía empatizar mejor con los tímidos, los diferentes y los personajes. Las chulillas del barrio o los guaperas del instituto me daban grima, quizá porque sabía que, pese a tener posibilidades parecidas, mi carácter nunca me permitiría formar parte los que eran como ellos. Aun así, siempre pasé desapercibida y ajena a los encasillamientos.

 

Cuando me mudé a donde ahora vivo, me hice amiga de la bigote. Las otras niñas se metían con ella llamándola de esa forma. Y yo, unida a su dolor por mi oculto pasado de cabra montesa, la defendía diciéndole a las otras que eran todas unas putas.

 

 

En el colegio, me hice amiga del grupito de los repetidores. Se sorprendieron de que alguien como yo -delicada, tímida y bonita- prefiriese el lado salvaje de la vida a pasarme las tarde viendo a los cachas jugando al baloncesto.Con ellos era todo mucho mas emocionante, nos saltábamos las clases para aprender de la calle.

 

En el instituto corrí peor suerte. Mis tres amigas eran las mas pavas del planeta. Sus madres no las dejaban jugar en los recreativos, advertidas de su enrarecido ambiente por el vicio de los jugadores de futbolín. Está de más decir que les tenían prohibidas las fiestas del instituto, por lo que tenía que vérmelas sola si quería un poco de emoción en mi vida.

 

Én las fiestas entraba siempre como la que busca a alguien. Luego, con un calimocho en las manos por fin ocupadas, hacía como la que espera. Siempre acababa acercándose alguien. Un joven profesor alucinado y atraído por tal independecia, o algún chaval de mi calaña.

 

Un día organizaron una acampada. Mis amigas, a las que prometí llevarles juegos de cartas, cintas de Los lunes y galletas, aceptaron venir conmigo. Una vez allí, en cambio, deseé que no hubieran venido. Encerradas en una cabaña de madera, con pipas, cocacola (sin aspirinas) y chorizos en el fuego, yo escuchaba de lejos las risas de la cabaña de las borracheras. Eran todo chicos, y se lo estaban pasando de puta madre, no como nosotras.

 

Cuando anocheció, desperté de repente de un sueño consciente, y aturdida aún, salí con naturalidad de la cabaña. Llevaba las gafas puestas, pero para darle más emoción al asunto, me las guardé y empecé el camino a ciegas. La claridad era imperceptible, y tuve que guiarme por la intuición y las voces de los de 2ºB. Como dentro de una de mis novelas, El mundo de Ben Lightar, en la que un chico describe las sensaciones ante su nueva ceguera, allí andaba yo, en el monte, de noche cerrada, con 3 dioptrías, y asqueada de mis amigas. Me sentía como el protagonita de El perfume versionado por Dostoveski. Inevitable y endemoniadamente atraída por unas ganas locas de que me pasaran cosas de una vez.

Llamé a la puerta, y al rato me abrió un chico al que solo podía intuir los rasgos, que me dijo que entrara. Hacía mucho frió, asi que, sin siquiera decir hola, me acurruqué junto a unas espaldas dormidas, con los oídos aguzados por si alguién se dirigía a hablarme. Me atormentaba la idea de qué iban a pensar de mi. ¿Estará loca? ¿borracha? ¿entripada? qué rara... Y yo sólo quería decirles que me sentía sola, que también quería reirme un rato, beber, cantar, y contar historias. Sin embargo, un ataque repentino de timidez me dejó muda. De todos modos yo sabía por qué estaba allí, y era lo que importaba.

 

Acabé mudándome a un instituto nocturno. Tenía un profesor de filosofía que se enrrollaba con las alumnas, un profesor de literatura que se saltaba el temario oficial para darnos a conocer a Borges o Cortázar, y un profesor de matemáticas que comía pipas explicando las derivadas. Era el paraíso. Pronto, formamos unos cuantos la pandilla más friki del nocturno:

 

Simón era un chico que medía dos metros de largo y ancho, con cara de malo, malo. Hasta que sabías que le gustaba disfrazarse de los de Star Trek, y que era muy divertido tomar carrerrilla para darle un abrazo, y entonces le veías cara de bonachón.

Carmela fue la que nos unió. Estaba enamorada de un chico gay, su novio era secretamente gay, y vivía en Torremolinos, el paraíso gay. Le gustaban los Héroes del silencio, las películas, pintarse los labios de azul y hacer fiestas en su casa.Siempre se escondía en el baño a liarse los canutos, mientras su madre me repetía por enésima vez que si se nos ocurriese bañarnos con un hombre en la misma bañera. Yo las quería mucho.

Séphora hablaba con la Vírgen, tenía viajes astrales y siempre te preguntaba si era guapa. "Pero...¿yo soy guapa?". Su madre era la reencarnación de Nefertiti, y su hermana, actriz, siempre llevaba un revolver de mentira en el bolso por si salía su otro yo, Ronda Makensi.

Y yo era a la que echaban siempre de las discotecas por consumir espufacientes mas propios de un parque, o por reivindicar una identidad propia a los porteros.

 

 

Ahora, despues de haber experimentado estar al lado de

 

los insensibles, los sensibleros

los que tienen un coche comprado por papá o una bici de 500 euros

los que gastan sus neuronas en los after o viendo La isla de los famosos

los que meditan en un futón de 200 euros

los que son hipies por 150 e. de peluquería y levi's cagaos de otros 150.

los de ligues de miradas desencajadas por los ocho cubatas

los lectores de Bucay y Él código da Vinci

...

 

estoy muy orgullosa de salir hoy del armario y confesarles que, aunque no se me note (:P): SOY FRIKI. Ea.

 

lunes, 27 de octubre de 2008

Tierna infancia escatológica


Mi madre siempre cuenta que mi hermano, de bebé, amaneció un día feliz de la vida, embadurnado de caca, jugando a restregarla por todos sitios, desde los barrotes de la cuna, hasta los dedos de los pies y las pestañas. Mientras, yo lo observaba desde la cuna de al lado, hecha un ovillo en un rincón, intentando escapar de lo que podría haberse convertido en mi mayor pilar psicoanalítico: una orgía escatológica con mi propio hermano.

Pero pronto me di cuenta de que no sería tan facil obviar todo ese submundo de inmundicias intrinsecas.

Todavía pequeños, mi amiga meli siempre se tiraba un pedo al pasar por la pizzería del barrio. Es una manía que tengo, decía. Su prima, sin embargo, prefería guardar en una cajita toda la roña que aparecía debajo de sus uñas, en pequeñas bolitas de mugre que quien sabe si algún día le harían falta para algo.

Mi mayor tesoro era el microscopio del vecino, que a veces me dejaba para saber de qué estaban compuestas las cosas. Todos mis conocidos, como no, se ofrecían a traerme mercancía en forma de mocos, escupitajos, o legañas.

Un día, el hijo del vecino empezó a sentirse molesto. Se había metido una canica por el culo, y no se aterminaba a sacarla. Cuando lo hizo, mis ojos estaban impotentemente clavados en el espectáculo.

Por aquella época, como es lógico, ya me preguntaba qué coño le pasaría a la gente por la cabeza. A mi solo me había dado por llamar la atención con eso de caca,culo,pedo,pis. Pero mi madre me quitó pronto la manía de un sopapo. Así que tuve que conformarme con cantar la versión alternativa del anuncio de nocilla para hacerme la rebelde.

Un poco mayor, ya en el colegio, llegaron un grupo de niños marginados, obligados a asistir a las clases. Eran salvajes. Se montaban a caballito encima de los mas cobardes, y jugaban a la lluvia de escupitajos, apuntando a la boca. O a decorar los baños.

Por suerte, hasta ahora me había librado de ser un miembro activo de aquellas escenitas. Hasta el día en que dejó de ser así, y por la puerta grande.
Habíamos ido de excursión con el colegio, y tras el amuerzo me dispuse a buscar un sitio alejado y tranquilo para echarme una cabezadita. Entre sueños, noté como algo caía en mi cuello tumbado, enlazandose entre mis suaves cabellos. Un olor fuerte me hizo incorporarme aún aturdida, hasta darme cuenta de que había caído del cielo un vómito, justo encima de mi linda carita adolescente. Sin atinar a despertarme, como dentro de una pesadilla lenta, me dirigí arrastrándome hacia un arroyo, donde me sumergí casi entera, mientras me sentía la persona mas atormentada y humillada del planeta. Jamás se lo conté a nadie.

Poco tiempo después, en al autobus del colegio, mi amor platónico por fin (POR FIN) se sentó por primera vez a mi lado, despues de años de la más absoluta indiferencia, propia de los tios buenos de séptimo hacia las niñas de cuarto. Aquel día, cosas del destino, yo tenia el trancazo del siglo y un sólo pañuelo de tela a esas horas decorado enterito de lunares verdes. Tan nerviosa estaba que se me cayó al suelo del autobús. En ese momento el tiempo se paró. Las manos de mi amado se dirigían lentamente en un gesto heroico hacia el final de mi vida romántica y el principio de mi más horrible tortura.No conseguí apenas mas que emitir un leve sonido que hubiera pretendido ser un NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.
El chico, muy educado, soltó corriendo la prueba de mi indecencia sobre mis faldas. Jamás volvió a cruzarme una mirada.

Desde entonces me gusta ser natural con estas cosas. Porque, aunque nos de verguenza reconocerlo, quien no ha andado a prisa en el super para dejar atrás la prueba del tufillo, o se ha sacado un moco seco distraido en un atasco...

 

domingo, 26 de octubre de 2008

Otoño, dulce otoño


De nuevo resbalan por las calles de la ciudad los caracoles, que salen de la nada intentando dirigirse hacia algún lugar impreciso. Como yo. Como vosotros.
Y este tiempo, que da ganas de mirar por un agujerito hacia el pasado,cuando la felicidad era sentirse a salvo después de deambular por las calles, intentando sin éxito meterse en algún lio.
Ahora los riesgos están tan cerca, tan dentro, que la calle se ha vuelto temerosa, oscura, demasiada. Llena de miradas de reojo, burlas de los tiempos, que han cambiado.
Antes parecía que todos tendriamos una oportunidad de seguir, de crecer y creer en un mundo mejor lleno de posibilidades. Ahora hay demasiada locura alrededor, problemas reales, y también de los buscados. Parece que el tiempo se ralentiza, y mientras nos estancamos sin remedio, se pasan los años fugazmente. Los momentos de lucidez nos guian hacia la locura de sumar motivos. Y ya no sabemos si tenemos ganas de probar más cosas. Quizá solo queramos seguir donde estamos, tranquilos, acunados por lo conocido, conformistas; esa palabra tan demoledora.
Y no paramos de quejarnos, hasta en los sueños.
Perpetuando dilemas trillados desde hace siglos que jamás llevan a ningún lado.
Sin saber cual es el grado de hipocresía de los remedios mas usados.
Autocomplacientes enmiendas para los egos perdidos en la nada suprema del sentido.
Bailando con palabras, músicas e ideas regastadas. Pájaros enjaulados.
Evolucionando hacia una concencia colectiva, salvadora, que ilumine el camino antes de que el pesimismo y el caos ganen la batalla.

viernes, 17 de octubre de 2008

El lado oscuro del jodido corazón


El amor es una cagada.

Es la mejor definición que he escuchado nunca sobre este engañabobos para perpetuar la especie y la frustración: el amor (aqui relincharían los caballos, como en El Jovencito Frankenstein).

 

Lo llevo discutiendo desde siempre. De chica mi mejor amiga ya se enfadaba conmigo cuando quedaba con otra amiga del barrio, a la que veía como su rival. Me preguntaba si a ella la quería más, necesitaba escuchar que sí. Y yo ya me planteaba de dónde salían esas obsesiones y celos absurdos en la gente.

Pero lo que aún sigo sin entender, es cómo coño funciona esto del amor. Si le haces demasiado caso a alguien, malo. Si pasas mucho, malo también. Si te interesas lo justo, quiere más, hasta que acaba queriendo menos. Lo suyo es dar una de cal y otra de arena, jugar. Pero yo odio jugar con la gente que me importa, ¡es de locos!.

Y es que el amor, es una enfermedad mental: Se alía con la evolución, resguardando al ser humano de su propia racionalidad. Quién, en su sano juicio, va a querer buscarse una media hipoteca con la que tener hijitos que puedan terminar de pagarla entera. Da miedo, parece una condena. Con el amor, en cambio, todo parece cobrar sentido. Con tanta química revolucionada en nuestro cerebro, la percepción se distorsiona, y hace que aseguremos la procreación. La fiebre del amor dura dos o tres años, dicen, lo necesario para contribuir a una nueva generación, y vivir el suficiente tiempo engañado. Pero ...¿y luego? Nada, a seguir buscando otro amor para llenar el tremendo vacío existencial que dejó el anterior.

Pero...¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Continuar con ella? Supongo que es todo más simple de lo que parece, y que quizá sea darnos demasiada importancia querer dejar una huella en el vasto devenir que es la vida. ¿Y por qué nos la complicaremos tanto entonces? ¿No sería mejor vivir el presente, sin planear nada? Dejarnos llevar, que sea todo mas natural. Probar, y si no funciona, seguir el camino sin traumas ni rencores.

 

Creo que la culpa de todo, o gran parte, es de la puta sociedad que estamos creando. Nos hemos convertido en autómatas atontados, asustados ante las limitaciones físicas y las autoimpuestas mentalmente. Estamos mucho más solos que antes, siempre ocupados en nuestras propias tristezas. Pensando en ser los mejores, en pisotear a quién sea con tal de ganar.Compitiendo hasta en la cola del súper, ¡que ninguna vieja caradura se me cuele! Que nadie sea más listo que yo, pa cabrón él, cabrona yo.

 

Me gustaría volver a tener 17 años, cuando conocía a los amores en los trenes, o con una jarra de cerveza delante. Mirando a los ojos. Bailando hasta el amanecer. Llevarme bien con todo el mundo, sin etiquetas, sin compromisos absurdos, o relaciones a plazos. Saber que alguien es tu pareja solo porque un día te das cuenta de que vais siempre cogidos de la mano. Poder decirle a alguien "me gustas" sin que se cague de miedo o salga corriendo por no querer responder. O poder echar un polvo sin tener resaca durante un mes.

 

¡¿Nadie ve películas de Woody Allen o que?!

sábado, 6 de septiembre de 2008

Solo contra todos


Un sistema de reproducción en las entrañas que uno se siente obligado a respetar.

Esa parece ser la conclusión a la que llegan los estudios existencialistas más recientes sobre el significado de las relaciones sociales y del sentido de la vida.
Sí, es duro reconocerlo. A mi siempre me ha gustado disfrazar todo con adjetivos elaboradamente bellos e idealistas, que al final se han ido al garete despues de abrir solo un poco los ojos, y cerrar un poco el corazón.
Todo responde al interés. Y mientras:

Vivimos, nacemos, morimos solos.
Solos, siempre solos.
Y hasta cuando follamos estamos solos.
Solos con nuestra carne, con nuestra vida...
que es como un túnel, imposible de compartir.
Y cuanto más viejos, más solos estamos,
frente a recuerdos de una vida que se destruyó lentamente.

-Es raro, cada vez que me gusta alguien lo arruino todo-


La vida es como un tunel, y a cada uno su pequeño tunel.
Pero al final del túnel, nisiquiera una pequeña lucecita.
Así es, no hay nada. Hasta la memoria se descompone hacia el final.
Una pequeña vida, pequeños ahorros, una pequeña jubilación,
y luego una pequeña tumba.
Y todo al carajo. Todo se va a la mierda, hasta los hijos.


En cuanto sus padres no tienen nada para darles, los meten en un asilo,
para que revienten solos y en silencio.
Pero a los hijos no les importa un cuerno.
El amor filial en un hito. A su madre, uno la quiere mientras dle de leche.
A su padre mientras le preste dinero.
Pero cuando los pechos de la madre están secos, cuando los bolsillos del padre están vacíos, lo único que queda por hacer es meterlos en un armario, esperando a que mueran rápido y al menor costo.


Así son las cosas, es la ley de la vida.
Solo cuando hay herencia los hijos simulan ser amables.
Pero cuando la única herencia es una heladera, o una tele,
ni siquiera vale la pena simular
tan solo lo mínimo indispensable para tener la conciencia en paz.
Una llamada al mes, unas lágrimas en el velorio, deber cumplido.


El amor y la amistad son puro verso.
Verso para ocultar el hecho de que
las relaciones humanas son tan solo un miserable negocio.
Hablar de amor y amistad nos conviene, pero por cálculo.
La realidad es mucho más banal.


A tu madre la quieres porque te alimenta y evita que mueras.
A tu amigo porque te da un trabajo que te permite comer.
Y a tu mujer la quieres porque te cocina, te vacía las bolas y te da hijos.
Para que te cuiden cuando seas viejo y tengas miedo de morir.
Pero una sola bofetada a tu hijo basta para que él se vengue luego.
En realidad, esa bofeteda es justo lo que desea.
Y cuando te meta en un asilo, servirá de excusa para ocultar
el interés que cualquiera siente para con sus padres.


No, follar no vale la pena. Cuesta muy caro.
Pero ayuda a pasar el tiempo. Y cuando se te van las ganas de follar, notas que no queda nada por hacer en el mundo.Y que en realidad no hay nada más en esta puta vida.
Nada más que un programa de reproducción en las entrañas, que uno se siente obligado a respetar.

 

 

 

jueves, 4 de septiembre de 2008

Especial


Es la palabra más poderosamente manipuladora que conozco: especial.
Y así quería sentirse Les, un joven solitario, de vida aburrida, seguramente en plena crisis existencial. La palabra especial fue la que lo llevó a confiar en aquel experimento. Quería sentirse mejor, aumentar su autoestima, elevar su confianza, y sentirse verdaderamente especial por fin. Quería sentir por primera vez en su vida todo lo que siempre había soñado, encontrarle un sentido a la existencia. Y lo consiguió.
No importaba que la base de todo fuera un experimento, una prueba. Las sospechas de que algo andaba mal se quedaron enseguida en simples moscas que apartar, porque al fin Les era especial, la gente lo admiraba, y se sentía fuerte y poderoso, como un superhéroe. Ni siquiera importaba que los resultados pudieran ser una auténtica farsa.

Pero las farsas no son eternas, y el despertar fue demoledor. Al menos había aprendido algo muy importante: la mayoría no somos especiales. Madrugamos, trabajamos, discutimos con la pareja, o el vecino, y nos reimos de nuestra sombra antes de volver a empezar.

No hace falta sentirse especial para nadie, creo que ni siquiera para uno mismo. Porque todos somos asombrosa y jodidamente iguales ante los ojos de la vida.

domingo, 24 de agosto de 2008

¿Hay alguien ahí?


Perra vida, coño
Todos estamos hartos -asustados-
de tanto tener que
madrugar,
trabajar,
pelear, aguantar tonterías, malos modos,
injusticias del todo a cien, y de las internacionales.

Que sola me siento en este puto coñazo de vida
todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral, engorda, y encima me mata
Siempre dentro del cine, la música o las pinturas. Dentro de los libros con migas de bocadillo de queso y aguijones de venenos inocuos.
Y ya me queda menos cine, menos páginas de mi vida llena de interacciones de mentira.

Y tengo que madrugar trabajar pelear aguantar malos modos injusticias del todo a cien
Sus guerras y las mias, solo triunfos en la cola del super
y sueño, solo para volver a empezar de nuevo

a lavar el uniforme de mis días de esclava

mientras los días de libertad (4 al mes) se van rápidos entre el sueño, los bocadillos de queso,

y con suerte, un agijón que no haga falta usar.

Estamos apañaos.