martes, 21 de septiembre de 2010

Fidelidad sentimental


Cuando era jovencita casi nunca compraba libros, y no sólo por falta de presupuesto.
Para qué intentarlo con otros nuevos si sabía que con los míos ya iba a disfrutar.
Prefería leer una y otra vez los que había en casa porque me gustaba ir creciendo junto a ellos, ver cómo mi percepción de su esencia iba cambiando con el paso del tiempo y me acercaba cada vez más a sentirlos de verdad, a comprenderlos.

Años más tarde un novio mío que iba de intelectual se burlaba de mí por ello, pavoneándose por haber leído todos esos imprescindibles que yo ni conocía, y subestimando mis ejemplares y mis fieles hábitos de consumo intelectual. Bah. Acabó por comprenderme.

Pasamos por la vida con tanta prisa y tantas ansias... queremos probarlo todo, vivirlo todo, saberlo todo y quedarnos sólo con lo mejor. Sin percatarnos de que así es imposible conocer, saborear, ni aprender nada.


Vamos saltando de libro en libro, de blog en blog. Igual que hacemos con los amores, los amigos, los ligues o las ilusiones.

Los usamos mientras nos motivan lo suficiente y, en cuanto aparece otro estímulo mejor -aunque sea por novedoso-, desechamos lo anterior casi como si de basura se tratase.
Pasado un tiempo, vuelta a empezar.

No me extraña que así, de tanto empacho, mucha gente llegue a sentir indiferencia, casi asco, por sus propias vidas y las de sus semejantes. Lo que lleva a cosificar a los otros y exprimirles todo el jugo de una vez, a modo de poloflash; o bien a sumirnos en una falsa misantropía que a veces no es otra cosa que hastío o desesperación ante tanto absurdo sentimental.

De sociabilidad más bien contemplativa, sólo tengo dos o tres amigos desde hace ya muchos años, a los que aún hoy sigo intentando conocer.


¿De verdad alguien cree que conoce a sus semejantes, incluso a sus familiares?.
Creo que pocos de nosotros lo intenta de verdad, damos por sentadas tantas cosas, y estamos tan ocupados con nuestro propio ego... Y no me extraña, porque bastante complicado es conocerse a uno mismo, como para intentar conocer a los demás. Sobre todo porque, por desgracia, cada vez más parecemos meras cartas de presentación en este perverso juego del éxito social.

La mayoría, entonces, intentamos adaptarnos a esas exigencias del mercado en la medida de nuestras posibilidades para gustar y relacionarnos más y más, cuando en realidad lo interesante sería precisamente molestarnos en descubrir la verdadera esencia de los que nos rodeaban ya.

Precisamente por eso me cuesta tanto luego separarme de la gente que me gusta o dejar de amar, y tengo tanto lío sentimental. ¿Novios, amantes, amigas, compañeros, colegas? joder, yo los quiero a todos casi por igual.


¿Cuál es la diferencia, dónde están las barreras? ¿Es cuestión de egoísmo, de celos, de posesión, de follar?


 

domingo, 15 de agosto de 2010

La montaña rusa

Desde hace unos días veo pasar a grupos de chicas-clones en manada que, con bastante pinta de putas, se dirigen a divertirse a la feria de Agosto, estandarte juerguístico de la Costa del Sol.

Cómo han cambiado los tiempos, en mi juventud íbamos a la feria a comernos una mazorca de maíz y un algodón de azúcar, a hacer pasar al novio de turno la prueba del machitoconsiguepeluches, a disfrutar de algún concierto, un poco de calimocho, los primeros porros... Pero ahora la gente sólo sale a enciegarse y exhibirse cual feria de ganado, ¿no?.

Por otro lado qué envidia me dan. Yo aquí intentando suicidarme comiendo espaguetis y helado a la 1 de la madrugada, jodida por no saber qué hacer con mi vida, o por haber olvidado lo que aprendí leyendo El Universo elegante o viendo los programas de Redes; y ellas con la única preocupación de estar morenitas y suficientemente flacas pa colocarse esos shorts vaqueros y así tener más probabilidades de follar. Por otro lado, normal.

Que digo yo que pasarán incluso de las atracciones, con lo divertidas que eran. Uf, con lo que flipa el vapuleo adrenalínico de la montaña rusa.


Sí, muchos aprendimos que la única forma de pasárselo bien era siendo sacudido, aguantando, casi disfrutando, los altibajos emocionales de la vida y de los otros, como si de una atracción de feria se tratase.


Que tu amiga ha sido una zorra contigo... ¡pobre!, algo de celos te tendrá, ¡y los momentos en que simule quererte de verdad más lo disfrutarás!.

Que tu madre está de los nervios... quiérela mucho, que ya se le pasará...

Que tu chico ha resultado ser un desquiciado cabrón hijoputa, ¡pobre!, algún trauma tendrá, ¡y las veces que os reconciliéis más lo querrás!

El bien y el mal se pueden fundir en tu cabeza y, cual dioses del reciclaje, concentrar la energía de sus desatados vaivenes para destilar la esencia que lleva a sobredimensionarme a través del karma universal. ¿?


Va todo genial... tengo un montón de relaciones sociales más...

XD



 

viernes, 2 de julio de 2010

Egodistónica con ginebra


Lo pensé de repente el otro día, cuando me vi sintiendo cosas muy raras mientras paseaba con mi perra.
 
Una especie de energía extrasensible empezó a deformar mi percepción del mundo exagerando las sensaciones, hasta el punto de flipar con una florecilla meada por un perro o sentir una especie de amor universal que me inundaba hasta casi salirme por las orejas.
 
Aunque igual no es tan raro, también le pasaba a un amigo mío con según qué paja...
 
Una época, hace años, ya me había pasado algo parecido. Y ya ves, yo pensando inocente perdida que era debido al amor (¡amor, por fin, amor!), cuando en realidad sería un trastorno de ansiedad como la copa de un pino.

Algunas escasas pero intensas noches,
una avalancha de pensamientos existenciales muy mal dirigidos me ofuscaba de tal modo que acababa perdiendo la perspectiva y hasta el decoro argumental.
 
Y de repente me encontraba desesperada, hastiada, con ganas de mandarlo todo a la mierda, de tirarme por el balcón, hacerme el seppuku, o pegarle una paliza al primero que pasase.

Qué malo es pasarse todo el día encerrada en casa, leyendo a Henry Miller y a Ciorán.

Esta noche saldré a tomarme un cubata y ya está.

lunes, 28 de junio de 2010

Ayer, o antes de ayer


Mi vecina estaba mejor de la quimio y, mientras me volvía a contar con pelos y señales durante largos minutos lo injusto de la negligencia, yo sólo atinaba a ver sus labios y sus ojos moverse una y otra vez.

Mi amigo tardó tres minutos en sentarse a la mesa a comer, mientras me explicaba lo mal hechos que estamos, y que deberíamos tener la piel resistente como la de los pulpos, y su misma capacidad para regenerar los miembros.

Mi madre dejó de ver el cotilleo para preguntarme si quería algún caprichito del súper, porque hacía años que no me veía esta cara.

Mi chico me llamó para decirme todo lo que me quería, y que le había contado orgulloso y risueño a su amigo el día que salvé a un bicho moribundo de ser comido por las hormigas y acabé ansiosa y culpable por haberme inmiscuido en la naturaleza y el destino.

Mis hermanos vieron juntos el futbol y me ofrecieron un trozo de pizza.

La perra me miraba desde su camita del suelo con cara de pena y ganas de echar un polvo.

No sé lo que estarías haciendo tú.

Pero yo, yo sólo quería escuchar esta canción una y otra vez...

noir desir-le vent nous portera

 

miércoles, 16 de junio de 2010

Jugando con Dios 2ª parte. O Narraciones "extraordinarias"


Cuando cerré la puerta tras de mí, por fin, después de tres días sin parar de leer y follar, me miré corriendo al espejo muerta de angustia. ¿Tendría que volver a depilarme, andaría el tinte en su sitio? -Joder, ¡y cuatro días sin cagar!, a mi esto me va a matar-.

 Aquel chico que tanto me gustaba me había invitado a una miniescapada supuestamente intelectoespiritual en una casa rural, pero estaba tan incómoda que ya no tenía ganas de espiritualidad, ni de leer, ni de follar, ni de compañía, ni de ná.

 Más relajada por la ducha, depilándome el bigote con las pinzas y el espejo de aumento, y aunsabiendo que él seguía justo al otro lado de la puerta del baño, me dispuse a dejar obrar a la naturaleza.


Pero la vergüenza de saber que el plof reverberaría en toda la estancia y los campos adyacentes me llevó a sentirme como en el túnel de la muerte. En la décima de segundo que tardó en venir la criatura pasaron por mi mente infinidad de recuerdos al lado de aquel cabrón que tanto me haría luego sufrir.

Como la de latas de cerveza que tuve que beberme deprisa escondida en la calle, las primeras veces que quedamos, por eso de disimular la timidez y parecer más locuaz. O la de ropa nueva que me tuve que comprar.

O aquella romántica primera noche durmiendo juntos en que, de tantos gases cerveciles y nerviosiles, no pude pegar ojo con tal de controlar y silenciar la salida de algún delator.
Como en La invasión de los ultracuerpos, tuve que soportar la más cruel de las torturas y no dejarme caer rendida y extasiada en los suaves brazos de Morfeo en toda la noche.
Aunque finalmente, igual que en la peli, sucumbí.

Y también igual que en la peli el castigo fue ser convertida en un desagradable ente con apariencia humana. Que, para más inri, despertó la estancia y a sus ocupantes en un ensordecedor ruido de infarto que comenzó a retumbar de manera infinita de pared a pared matando a su paso a los cuatro angelitos de la guarda y al amor que hubiera podido surgir de aquella incipiente relación.

Impresionante ruido que, por supuesto, hice como si no hubiera pasado, ni escuchado, simulando un pequeño ronquido que a su vez intentaba tapar el sonido de un angustioso tragado de saliva.

O la vez que, pensando que ya se había marchado mi prima menstru, acabé embadurnando la tapicería de su súpermegacoche y su entrepierna metrosexual de los rojos fluídos de la vida.

De repente, antes de que se repitiera la vergüenza del que bauticé como día Hiroshima y los posteriores malintencionados comentarios del tipo a ti no te despierta ni una bomba...
me vi agarrada a la blandita, caliente y cada vez más larga defecada criatura de la discordia.

A modo de amortiguación por tiempos la fui sosteniendo para que la pobre no se hiciera daño al caer a las delatoras aguas del retrete. De nuevo se presentaba ante mí una gran oportunidad para haber acabado en manos de psicoanalistas especializados en coprofagias y escatologías varias.

 Qué triste me sentí, tanto que casi me echo a llorar. Puta vida, tantos líos, malos ratos, tantos riesgos, ¡y todo por gustar! ¡por tener un mísero poquitito de amor, sexo y vida social! ¡¡Cuán alto es el precio que tenemos que pagar!!

Y es que, no se me había ocurrido otra cosa para llenar mi vacío existencial y mi aburrimiento que echarme un amante para aunque sea jartarme de follar. Había osado a jugar con el destino, con Dios, y tentar a la suerte -ya escrita de antemano en los anales de la desgracia- para encontrar ya no vida, sino vidilla. Y joder, decían que funcionaba... pero bah.


 


lunes, 14 de junio de 2010

Jugando con Dios

Es increíble la importancia que le damos a que nos quieran los demás, y al qué dirán.
Cómo puede afectarnos que no nos aprecien o incluso nos devuelvan un feo reflejo de nosotros mismos que no esperábamos.

O peor todavía, que sí esperábamos pero no podemos o queremos cambiar.
Por eso nos esforzamos y hasta forzamos por mostrar ese punto que sabemos atractivo, de la misma forma que nos prohibimos sacar a la luz esas vergüenzas tan poco halagüeñas. Fu, ¡menudo estrés!

De condición chapucera, pasota, casi idealista, también me veo muchas veces inmersa en ese suplicio adaptativo para ser querida. Y es que no es difícil, llegado el caso, basarnos en victimistas coartadas para abandonar nuestra esencia primera y unirnos sin culpa, cómoda y pragmáticamente, al bando del atractivo enemigo.

La mayor coartada que casi todos tenemos es que, quitando los cuatro encaprichamientos que inspiramos a partir de la adolescencia, nunca nos sentimos queridos o admirados por nadie, ni por los padres siquiera -oh, mundo cruel-. Desde bien pequeña yo le preguntaba a la mía para qué había tenido hijos, con lo bien que hubiera estado ella sola. Y es que siempre fui consciente de que las vidas de los padres se transforman en meros sacrificios existenciales para, a través de sus creaciones, obtener la ingenua y redentora oportunidad que les permita mejorar, y de paso encontrar sentido a su existencia. Qué atrevidos y osados los padres, jugar a ser Dios.

La Nothomb, en su Biografía del hambre, habla del choque que supone para un niño darse cuenta de la necesidad de seducir hasta a su propia madre. Yo, como tenía más que asumido que nunca llegaría a hacerlo, no veía mayor problema. Pero pronto te ves obligado a aportar el suficiente atractivo si quieres tener amigos, ligues, trabajo, compañeros, éxito social. Y claro, como es la sociedad la que marca las claves de su éxito, nos dejamos llevar por los tramposos senderos que nos muestra: "Deja de soñar. Déjate explotar. Deja de pensar. Se feliz y normal".

Y así, sin pensar, para ser felices, normales y gustar, nos dejamos la ilusión y el dinero en e$tudiar para intentar adquirir cierto prestigio social; el orgullo y la vida en tRaBaJar, trAbAjAr, tRaBaJar para poder comprar y competir más y más; y la salud mental en gUstar gUstar gUstar gUstar.


Y luego que si ambigüedad, trastornos, anorexias, ninfomanías, que si doble personalidad ¿Todo por gustar? Nunca a la altura, siempre insatisfechos, apocados, desfasados, angustiados. (Que menos mal que se quita con salir a comprar, o a follar...)

Muchos años pensé ¿para qué molestarme en buscar trabajo, hacer amigos o amar?. A veces me sentía como una mascota. Apartada del mundo y la libertad a cambio de cierta tranquilidad, sueldo a fin de mes, una cama blandita, comida y ducha. Pero aún perdida, sin saber con qué dueño debía jugar.

Rodeada de existencias tanto o más perdidas que la mía. Enfermeras suicidas, alcohólicos, yonkis, cabreros, homosexuales frustrados y solitarios de sobremesa.


Un día ya no pude más.

Y así fue cómo comencé a buscar la libertad (y acabé en un cuarto de baño agarrando algo largo y caliente para gustar)

Continuará...




miércoles, 9 de junio de 2010

Gallinas en el líbano




El sábado pasado me colé en una ceremonia religiosa de esas para unir a dos almas en una sola hipoteca. Me apetecía oye, que hacía 20 años que no iba a hacerle una visita a Dios.
Y mis amigas, sí invitadas, me habían ofrecido acompañarlas para entretenerme de la llantera de hacía un rato.

Para no desentonar demasiado ni hacer pasar vergüenza a mis acompañantes olvidé mis habituales cascarrias sayas y salí de compras para travestirme de joven mona aparente y competente:

falda corta blanca, camiseta roja, zapatitos rojos con moña blanca, pinturas rojas y blancas, espuma pegajosa para el pelo y un anillo rojoplástico de los chinos.

No se podía estar más espectacular.

Mientras intentaba disimular mi acentuado complejo de torpe social, y observaba insegura desde la última fila los pintorescos disfraces de la concurrencia (probablemente empeñada para la ocasión), el cura empezó a carraspear en tono regañativo:

-¡Un poco de respeto y silencio!- pedía. -¡Estamos en la casa de Dios!-.

Y entre la típica sesión aeróbica ahoradepieahorano y los movimientos de labios rumiando las respuestas que ya nadie conoce, el cura preguntó a los novios por qué se casaban.

Qué capullo...

Como ni sabían qué contestar, comenzó un duro sermón que no sé si era un desahogo por la hipocresía de estos tiempos o por la propia frustación del cura, que estaría encabronado porque su novio le habría puesto los cuernos, o echaría de menos las confesiones de las comuniones.

Se me hicieron los ojos chiribitas -¡bronca bronca!-.

Mis amigas me miraban con cara de niseteocurradecirná.

Y yo deseando coger al cura del cuello y gritarle -pero pedazo de capullo, ¿y tu qué? aqui chupando del bote, cambiando el padre nuestro a tu rollo, y encima maleducao,
¡mira que darle el día a estos pobres desgraciaos!-.

En el momento culmen del beso mis amigas ya lloraban como madalenas.

-¿Qué haceis?- les increpaba yo.
-Si os caen fatal los novios, y llevan ya quince años juntos-.


-¡Pues anda que tú, llorando esta mañana por una gallina!-
-¡No no no no! ¡por una gallina no! ¡Miles, miiiillones!
¡les cortan el pico porque se vuelven locas y se automutilan y atacan a las de las minijaulas de al lao!-


Cuando terminó todo una señora gorda disfrazada de avestruz, con unas plumas que casi llegaban al techo de la Iglesia, me preguntó muy graciosa que si era del Atleti, y que si también iba al convite.

-Tranquila, señora, sólo me he acoplado a la Iglesia. Pero traigo unos taper, por si sobra algo y me hacen el favor de guardarme aunque sea tarta :). Y ¿por qué del Atleti?, estos colores son del Líbano-.

Que por cierto, mal asunto allí también para los animales de granja...

¿Alguien sabía que el Padre Nuestro lo habían cambiao?


lunes, 7 de junio de 2010

El fuet de la discordia




Mientras dilucidaba sobre cuál de mis seudoexperiencias de los últimos días me apetecía escribir hoy... mi madre me ha interrumpido para ponerme al día, de repente, de una cuestión de suma relevancia para la humanidad:

-María, el mejor fuet es del mercadona-.

Siempre me ha llamado la atención la forma que tiene de hacerme partícipe de sus pensamientos o noticiones. Ella suelta la perla sin venir a cuento y se va tan pancha, como con el deber cumplido.

Como un día que me dio un susto de muerte al entrar a mi cuarto bien temprano sólo para decirme: -¡Despierta! que se ha muerto Lady Di...-
-¡Y qué pasa!, ¿nos han invitado al entierro?-.

Pasa en todas partes, y hasta en las mejores familias: la soledad y la incomprensión rezuman por nuestros poros, nuestros genitales, los pelos de la nariz, los ojos de las cerraduras y hasta los pitorros de las ollas expres.

No nos entendemos, ni entre nosotros ni a nosotros mismos, de la misma forma que a ratos no nos soportamos y otros ratos nos necesitamos y hasta adoramos.

Pero ¿sabéis qué? aunque parezca lo más absurdo, tonto, frustrante e ingenuo del mundo, siento como si formarais parte de mi y mi aburrida pecera llena de algas asquerosas.
 


 

 

lunes, 31 de mayo de 2010

El precio del ser




Este sábado noche acabé en pelotas en plena calle bajo la lluvia.
No porque me hubieran violado, ni siquiera por estar jugando a Mi vida sin mí o a reconocer a Dios en los pequeños detalles en plan Amelie.

Sólo fue porque llovía, y casi podía tocar el mar y la montaña a la vez, y acababa de echar el polvo del siglo con el mejor hombre del universo. Que encima está bueno que te cagas, es mucho más joven que yo y se ha comprado una casa junto a un campito pa vivir conmigo que soy un desastre.

Y había una luna llena enorrrme. Y las luces de los coches alumbraban mi cuerpo, extasiado aún a pesar del frescor pluvial. Y tenía un buen rollo que pa que, ¡y pa qué me iba a poner la ropa otra vez!

En eso que vi junto a mí una lechuza apoyada en un ceda el paso. Casi me da algo.

Es uno de mis bichos preferidos, y con 32 años que tengo manda huevos que nunca había visto una en persona, y estaba ahí...con los mismos ojos que los míos, preparada para cazar hasta que se lanzó planeando sigilosa hacia su víctima.

Y no, a pesar del extasioso momento no pensaba en Dios, sino en Paco, un conocido que a veces hacía cosas asquerosas, según él para conseguir algo de pasta.

Por sólo cinco euros que juntaran sus colegas pa echarse unas risas a su costa era capaz de tragarse un bote entero de ketchup o un culillo de cerveza con cenizas. Todos creían que hacía esas cosas desde que le diagnosticaron esquizofrenia tras su paso por la mili, pero yo siempre pensé que lo hacía llana y simplemente porque le daba la gana.

No digo que no tuviera esa enfermedad -que vete tú a saber- sino que muchas veces uno se camufla como sea o de lo que sea con tal de darse el gustazo de hacer lo que realmente le apetece.


Lo de pedir dinero puede que sólo fuera una excusa para pasar desapercibido su punto excéntrico, igual que sacar al perro para los mirones o los carnavales para los frustrados transformistas.

Nunca me gustó llamar la atención y, para no ser censurada, empecé a copiar a Paco en eso de pedir dinero, que de paso me ganaba unas pelillas. El "¿Cuánto me das si...?" se convirtió en mi frase fetiche, y encima me hacía parecer una chica divertida.


Y así, por supuestas apuestas, empecé a permitirme ser más animalilla de lo poco que una humana se deja ahora ser. Comer algo del suelo o restos de los bares; probar cosas supuestamente asquerosas sólo por curiosidad; pegarle lametazos a los animales o jugar como uno de ellos; bañarme en pelotas en la playa; abordar a desconocidos; o enseñar las tetas cuando pasaba un autobús lleno de gente.

La pena es que con esto de la crisis ya nadie suelta un euro así lo maten, ahora está difícil hasta trabajarse el ser. Por eso mismo la otra noche pasé de sacar el "cuánto me das" y, con el cuerpo y el alma aún palpitando de placer, salí a mojarme bajo la lluvia.

 
En pelotas. En Picaceite. Tan ricamente.
Contigo, mi niño.




miércoles, 26 de mayo de 2010

En busca de Dios





¿Habéis pensado en suicidaros alguna vez? A mi me pasa de media una vez al mes. No es que lo piense con la determinación de hacerlo, claro, más bien me gusta verlo como una opción a los problemas, los agobios, o el aletargamiento existencial. La típica tontería injusta y egocéntrica que pueden permitirse las personas sanas...

Con 12 o 13 años sí me lo tomaba más en serio. Pensaba que el mundo era demasiado vulgar como para querer soportarlo, y me encerraba durante horas en el baño con una tijera en la mano, debatiendo conmigo misma si merecía la pena vivir. Lo único que conseguía equilibrar la balanza por la vida eran los libros, y el gustito que daba mear cuando tenía muchas ganas. Así que eso hacía para sobrevivir, leer y aguantar las ganas de mear.

Un día me di cuenta de que lo que tenía realmente era un aburrimiento de la hostia. Mis aficiones pseudo intelectuales me entretenían, pero me hacía falta la compañía adecuada, gente con quien compartir aquellas inquietudes.


No encontré a nadie así, pero por suerte me eché perro. Como me seguía el rollo en todo, parecía adorarme, y encima era divertida de la hostia, mi perra se convirtió en la compañía ideal. Y allí que nos íbamos las dos a recorrer la ciudad dejando las penas en casa.

Así aprendí de nuevo, como cuando tenía 5 o 6 años, a sentir, a reconocer las innumerables sorpresas que -buenas y malas- el mundo tenía escondidas muy cerca. Y junto a mi perra viví cosas inolvidables, conocí seres de lo más interesantes, y empecé de nuevo, por fin, a vivir.

Hace unas semanas, cuando murió la chuchilla, me sentí igual de sola y vacía que cuando tenía 13 años y me encerraba en el baño con una tijera en la mano. Solo que esta vez sí intenté suicidarme, de la forma más compulsiva y jodida que algunas personas hemos aprendido: a base de hidratos de carbono y silla de ordenador.


Espaguetis, pizzas, bocatas y donuts de chocolate durante semanas sin levantar el culo del asiento en todo el día puede llegar a matarte. A las malas, si no te mata, te convierte en una persona apática, amargada y con sobrepeso, que es prácticamente otra forma de suicido social y/o existencial.

Entre donuts y donuts pensaba en si, de un casual, no existiría de verdad el cielo, Dios, los angelitos... Y en que, de ser así, estarían mi perri y mi abuelo allí para recibirme e invitarme a unas tostadas con filadelfia.


-Joder- pensaba también. -O lo mismo la chucha se ha reencarnado y puedo encontrarla de nuevo. ¿No hablaba George Cloony con su cerdo muerto? cosas mas raras se han visto-

Asi que desde hace unos días he vuelto a despegar mi gordo culo del ordenador, a dejar de lado los espaguetis y los donuts de chocolate, y a darme paseos por mi barrio, la ciudad y el mundo, en busca de una respuesta.


De esa inquietante y ambigua belleza que me traiga de nuevo a la tierra. En busca de Dios.

Porque Dios está donde uno menos se lo espera, y más que al final, suele aparecer durante el camino:

sábado, 15 de mayo de 2010

Sueños







El sueño siempre ha cumplido una función muy importante en nuestras vidas. Además de permitirnos descansar el cerebro, ordenar la información recogida, o lo que quiera que haga por nosotros, hasta condiciona la vigilia posterior.

¿O no es maravilloso despertar tras un festín erótico consumado, o tras soñar que vuelas?

Las experiencias se viven como reales, se siente todo con tal intensidad que el buen rollo es capaz de durarte el día entero.

Yo, cómo no, siempre he tenido mala suerte para esto de los sueños. Desde muy pequeña tuve pesadillas, muchas, horripilantes, y recurrentes. En una mi madre me quería matar. Se le iluminaban los ojos y estiraba los brazos en plan zombie para alcanzarme en mi litera y ahogarme.


Cuando conseguía despertar, cagada de miedo, me parecía que aún le quedaba algún destello maligno en la mirada -como el malo de Willy Fog- y eso hacía que incluso despierta no pudiera sentirme plenamente segura a su lado.

En otras el mar quería atraparme cuando paseaba por la orilla. Una ola enorme me arrastraba hacia dentro con mucha fuerza y me dejaba flotando entre algas para siempre. Y así, siempre lo mismo: viajes interminables en ascensor, bajadas de escaleras infinitas siendo perseguida, navajazos, sangre, presencias diabólicas, situaciones desagradables a más no poder...
Lo bueno es que con el tiempo aprendes a controlar los sueños. En mi caso, bueno, se me ocurrió usar lo que siempre funciona en la vida real: el sexapeal. Que no es que tenga yo mucho de eso, pero sí lo bastante como para disuadir al villano en cuestión de sus planes asesinos.

Mejor follar de guay a que te violen o te corten en cachitos, ¿no? dónde va a parar.
Así, aprendí en todas las pesadillas a camelarme a todo hijo de vecino para acabar montándome unos sueños húmedos de la hostia. Lástima que empezando tales menesteres siempre me despertara. Puta ley de Murphy...

Parece que los sueños revelan nuestras experiencias, obsesiones, deseos o miedos.

Seguramente por eso haya soñado tantas veces eso de no saber cómo volver a casa, o volver a la casa equivocada.

Quizá por eso también casi siempre soy otra persona en mis sueños. Pero, interpretaciones psicoanalíticas aparte, ultimamente sí estoy empezando a creer en su parte más reparadora o incluso espiritual.

Siempre había tenido de todo tipo de pesadillas con mi perra. En mis sueños se ha perdido, dañado y matado de mil maneras diferentes. Siempre soñaba cosas horrorosas con ella. Pero justo desde que se murió el otro día sueño todo lo contrario. Aparece como antes: gordita, loca, cariñosa. Y se me echa a los brazos para jugar, para que la acaricie, como diciendo: ¡que estoy aqui, tonta! Aprovéchate y sóbame, disfrutemos del tiempo perdido. Dios, ¡qué felicidad! ¡qué gustazo!

Si al final va a ser que todo esto es un sueño, y así, en sueños, podemos seguir viviendo para siempre.
Una vez leí que el momento de morir, no sé si un solo segundo, se alarga tanto como para seguir viviendo muuucho, mucho tiempo. Soñando.




domingo, 25 de abril de 2010

A normal




Resulta paradójico que la sociedad sea la encargada de establecer las valores atribuidos a la normalidad. Más que nada porque normal es lo que se desarrolla en su medio natural, y lo que hace la sociedad es justo lo contrario, crear medios artificiales donde desarrollarnos de forma antinatural y hacernos sentir raros si no pasamos por el aro.

Así, si la domesticación humana desvía los inconscientes de sus propios instintos, no es de extrañar que el sufrimiento ante semejante castración lleve a afectar a algunos ciudadanos -seguramente más débiles, o sensibles- hasta transformarlos en extraños individuos.

La psicología misma establece determinadas conductas mas o menos naturales como desviaciones.
Y, si bien la normalidad puede entenderse como un promedio estadístico, no cabe duda de que los ciudadanos mentimos en las encuestas para no ser encasillados en ninguna de las parcelas de la anormalidad.

Camuflados para no ser señalados, perseguidos y expulsados de este prostituido paraíso. Inmersos en esa caótica espiral donde el bien y el mal se confunden y los deseos prohibidos atormentan.
Quizá si se permitiesen más naturalidad con ellos mismos y sus deseos no acabarían reduciendo sus pensamientos a la obsesión..

Lo que si sé es que el sexo está infinitamente sobrevalorado, y que por su culpa el mundo es un lugar mucho peor del que debería ser. Unos se desquician por sus propias obsesiones sexuales, otros se desquician por sufrir a los obsesos, y al final -por culpa de esa normalidad social que guía nuestras valoraciones- todos acabamos traumatizados perdidos.
 
Por mi parte, hasta bien mayor el sexo no me atrajo en absoluto. A pesar de la libertad que eso otorga, como me hacía sentir un bicho raro también me vi obligada a fingir. Le contaba a mis amigas falsas conquistas para encajar, y hasta escribía en mi diario inventadas noches de lujuria. Hasta el día que, por probar, por fin decidí entregarme no sólo en alma, sino también en cuerpo. Y por la puerta grande.

Mi primer amante resultó ser, además de egoísta hasta la médula, eyaculador precoz de primera categoría. Así que, por si fuera poco, aprendí a hacer el amor de forma totalmente sumisa y desprendida, y a seguir fingiendo. Lo peor es que con el siguiente novio, de condición más duradera, tampoco sentía apenas nada. Por eso, rayada perdida por mi supuesta insensiblidad sexual, decidí una noche explorar mi cuerpo. Fue así como vino el primer orgasmo. Con 23 años.

Cuánto daño ha hecho el porno y el machismo a las mujeres. Una venga a hacer felaciones y abrirse de piernas en plan sumiso, pero de disfrutar na de na.

Es una pena que la mayoría de las gentes, hombres y mujeres, simplifiquen el sexo hasta reducirlo a un simple mete-saca. Para mí lo excitante es la seducción, los juegos, la intimidad, la entrega. ¡Si no hace falta ni follar!

No me parece bien basar algo tan especial en unos genitales y un cuerpo, que además deben ser estéticamente aceptables.

¡Hacer el amor debería ser algo sagrado! igual que todos los cuerpos, todos los genitales y todas las almas, aunque no tengan el beneplácito estándar.

Hacer el amor es la mayor fiesta, la suprema recreación de los sentidos. Pocas experiencias transmiten esa sensación de estar viviendo realmente el presente. El tiempo deja de existir y da paso a la comunión, ya no de los cuerpos, sino de sus almas correspondientes. Todo un lujo que pocas veces se da.

¿verdad?

 

viernes, 16 de abril de 2010

Por probar




Siempre he creído que arriesgarse absurdamente, como al consumir drogas, es de gilipollas. Ya son ganas de arruinarse la salud, el bolsillo y, si te lias demasiado, la vida. Pero es tan complicado para muchos de nosotros, curiosos seres, dejar pasar lo que el mundo pone a nuestro alcance... ¡y más si siempre hay alguien que invita!. Además, ¿habrá que probar todo lo que se pueda antes de que venga la pelona?

Mi curiosidad y gilipollez comenzaron a desarrollarse sobre todo cuando entré en la guardería. Chupaba las gomas de borrar, los chinos del suelo y las cáscaras de las mandarinas; me comía toda baya de matojo o flor que se pusiera a mi vista; jugaba con la pichita de mi hermano a que era un muñeco graciosísimo; olía engustada el pegamento de barra y me daba morreos con una niña. Pero empecé a darme cuenta de que, cuando uno hacía lo que le apetecía, los demás ponían caras raras y te regañaban, por eso tuve que seguir haciendo eso de probar cosas a escondidas.

Y así, a escondidas, fue como empecé desde muy chica, por ejemplo, a comer carne cruda (esa picada de las bandejitas, deliciosa), a esnifar pintura o a leer al Marqués de Sade. Con 12 años ya me había bebido la primera litrona, con 13 el primer cigarro, con 14 el primer cubata, con 15 el primer porro, con 16 el pienso del perro (plástico puro), con 17 la primera raya, y así una larga lista de sustancias olibles, esnifables, bebibles, fumables o comestibles. Por probar.

Y por probar también me largué de mi casa con 14 años -ingenua perdida- soñando con una vida sin rumbo fijo, plena, llena de aventuras. Solo que la aventura se acabó cuando me pilló la policía a 1.500 kilómetros de distancia y de vuelta me recibió una madre, la mía, llorando como una magdalena. Qué cosas se hacen por probar...

Pero es así, a veces la curiosidad y el afán por sentirse vivo gana incluso al no querer dañar a tus seres queridos o al huir de la muerte. La primera pastilla no sé ni de qué era, alguien me dijo: abre la boca y cierra los ojos. Y claro, como eso del factor sorpresa pone tanto, pues padentro. Igual pasó con el Popper, el speed, las setas, la sabia divinorum o el éxtasis. Un día llegaba un amigo/a, decía eso de "mira lo que os traigo", y padentro.

Creo que sólo los niños, los animales y los iluminaos viven de verdad el presente, y yo desde luego era uno de ellos, porque no era capaz de vislumbrar consecuencias negativas en el futuro, ni las positivas, ni el futuro. Además, tenía siempre la certera sensación de que en cualquier momento se acabaría el chollo de vivir, y no me podía permitir el lujo de perderme nada.

Lo peligroso llega cuando te das cuenta de que el mundo con las drogas y los líos es mucho más sencillo y divertido, sobre todo si eres tímido o no te gusta lo que ves a tu alrededor. Rodearte de gente más rara que tú te hace sentir en la gloria, y las drogas te permiten salir de tu cápsula con más facilidad; no sentirte tan extraño con la gente; hablar de las cosas más raras y pasar desapercibido; soportar la vida, las discotecas y hasta los capullos; convertir una vida mediocre en una fiesta.

Joder, hoy día las drogas se hacen cada vez más necesarias si quieres vivir en sociedad, si hasta las receta la Seguridad Social... Una vez fui al médico porque tenía tos y estaba muy triste, y salí con recetas de codeína, benzodiazepinas y antidepresivos debajo del brazo ¡Al rico soma! Y sí, ¡estaba todo más rico!.

Menos mal que la prudencia y mi angelito de la guarda me han acompañado y no me he enganchado nunca a nada ni a nadie, quizá porque mi lema era que engancharse y comprar es un lujo que sólo pueden permitirse los drogadictos. Ahora, a pesar de las neuronas adormiladas, algunos palos, lapsus y unas lagunas mentales de valor incalculable, he aprendido que hay muchas cosas mucho más sanas por probar.

Estoy descubriendo que ¡atención! los perros se huelen el culo porque sus feromonas huelen a gambas y sus pedos a marihuana; el sol da más gusto si lo sientes entrar; el mejor amigo que se puede tener es un niño o un viejo; el amor da calambres guapísimos en los codos. Y no hacía falta alcohol para poder bailar, que vá, sólo buena música, o buen rollo; una buena sesión de cosquillas da más placer que cualquier polvo, y esnifar el olor corporal de quien te gusta es más intenso y placentero que cualquier droga.

Aún me siguen quedando ganas de largarme sin avisar, hacer locuras, meterme en líos, juntarme con malas compañías y chutarme somas por doquier, para qué nos vamos a engañar. Pero no sé por qué, ahora tampoco me parece mala idea disfrutar de la sencillez, llevar una vida tranquila, o preocuparme por saber amar. ¿Estará bien eso de madurar? Total, por probar...

lunes, 12 de abril de 2010

El súperello



Se supone que con los años uno va perdiendo -además de firmeza- ingenuidad.
Es lo que tiene madurar. Por eso no entiendo por qué demonios a mi no me pasa eso.
Firmeza bien que pierdo, pero ingenuidad ni a tiros.
 
Lo peor: la fórmula arrugas/canas+tetas acercándose cada vez más al ombligo+incorrupta ingenuidad

¿No habeis tenido la sensación de que un espíritu proveniente de otra dimensión, del lado oscuro o de la genética se adueña de vuestros pensamientos y actos aunque no queráis?
 
Me encandilo perdidamente de una flor espachurrada en el suelo a la que un misterioso y casualístico rayo de sol ha iluminado en el preciso momento en que yo pasaba; o del cadáver momificado de una lagartija disecada al sol, que se convierte en un tesoro o un experimento del ciencianova. Y no consigo dormir bien si mi madre ha encerrado algunos de mis peluches con el cuello torcido en un baúl, o ha tirado uno de mis trastos al contenedor.

Pocas pero intensas veces también me he encandilado-enamorado-oloquecoñoseaeso de otros seres, humanos-homínidos, como el resultado de una especie de atracción psiquanimal sin demasiado fundamento. Alomejor sólo por encontrar parecidos romántica o coleguíticamente sospechosos, unido eso al timbre de una voz, una actitud, una frase, o el brillo de los ojos. Y sobre todo por intuición, ya ves tú, qué ingenuidad...

Y yo voluntad le pongo, intento madurar de verdad o al menos parecer una joven interesante a ver si se me pega algo. Y en cierto modo sé que se atisban en mí ciertas señales de vida inteligente y que no está todo perdido; por eso cuando me vienen flashes de lucidez, astucia y cautela me siento plena, me cambia hasta el semblante y el tono de voz, y creo que por fin he madurado.

Esta tarde, precisamente viendo Doraemon con mi amiga Juana, que tiene 5 años, va y me pregunta: "¿a ti te gustaría ser una niña chica, verdad? aunque seas una persona en realidad..."

Una persona. Eso me hizo pensar. La ausencia del yo produce tanto placer... ¿Tiene la culpa entonces el hedonismo, o quizá los libros de Osho del kiosco?

Aunque está feo contestar a una pregunta con otra, y más si era retórica, le dije a mi amiga que por qué a ella entonces le gustaría ser un bebé. -¿Porque te gusta que te soben y te den besos? ¿para seguir usando tu chupete sin que se metan contigo? ¿para que te sigan cogiendo en brazos sin que te llamen mimada? ¿para no tener que ir al cole?-, insistía yo. Pero sólo movía los ojos de un lado a otro.
-Ay, porque está más chuli, ¡ya está!-. Decía Juana.

Y es verdad. La freudiana batalla del yo con el ello y este difícilmente entendible superyo cansa. A veces es tan fácil y tentador pasar de todo y abandonarse placenteramente al ello... ¡vivir! ¡sentir! ¡amar! ¡pulsionar! aunque sea a costa de supurar ingenuidad.


A mi desde luego no se me ocurre forma mas natural de ser feliz que dejando de ser persona, volviendo a tener cinco años como mi amiga Juana, o dejando que mi alma de se engañe de nuevo descartando de entrada una resolución fatal.
 
Será que a veces viene grande el poder que otorga el libre albedrío, viene grande la vida.
Sobre todo cuando tu libro de instrucciones está en japonés y con manchurrones de tinta en puntos clave, y para colmo se producen cada cierto tiempo apagones que no te dejan leerlo en paz.

 

miércoles, 17 de marzo de 2010

Muñecosmia. O el convertidos de pedos.



Mi madre está viendo "andaluces por el mundo" tumbada en su cama con los auriculares puestos para no molesta. Seguro que a ratos me mira y piensa, como siempre, por qué no soy yo una de esas chicas que tiene un trabajo de la hostia, viaja por el mundo y se echa un marido rubio de dos metros y chalet con piscina.
 
Para que la pobre no se decepcione demasiado y me deje un poco en paz, le he dicho que estoy escribiendo un libro y que me voy a forrar como la de Harry Potter.
 
-Eso, eso, que te sirva de algo la carrera-
...

 Desde hace un rato siento que mi cuarto huele a marihuana. Es algo que me ocurre con frecuencia eso de oler cosas que no hay en ese momento. Fantosmia creo que se llama.

Según el google puede aparecer en la esquizofrenia, en depresiones psicóticas y en otros síndromes de etiología orgánica como tumores y epilepsia. Menos mal que soy demasiado optimista como para ser hipocondríaca, porque ya lo que me faltaba por leer.

Anoche, estando de cañas y pescaíto en el bareto de siempre, empezó a parecerme que todas las personas que estaban allí eran insectos, una especie de gambas gigantes y rechonchas de tez rosada, pelos, dedos asquerosos y miradas malvadas.

Suelo pensar en la especie humana como la peor plaga del planeta, bichos que se reproducen constantemente con la única intención de seguir chupandole al mundo todo lo que tenga. Pero la visión de dos señoras ancianas en la barra, gemelas, chupando cabezas de gambones al unísono, pudo conmigo y terminó de convencerme de que estaba en lo cierto: todos somos asquerosos bichos caníbales. Qué mal rollo.

Mi amigo hacía rato que hablaba con sus colegas al otro lado de la mesa sobre la falta de trabajo, hasta que me vió la cara, más pálida de lo normal, y me miró interrogante.
- ¿Ya te has hartao de fumar?-
 
- Se... Creo que ya no voy a fumar más. ¿No te pasa que si estás por ahí te sientes inseguro? Anda, regresemos a tu casa-

Al llegar, vimos cómo su padre volvió a bromear con los muñecos que había estado viendo unos días antes.

-Me ha dicho uno de los viejos del hogar que eso es psicológico-
-Tenía que agarrar una tijera para intentar asustarlos, y cuando se acercaba uno ¡chas! le sacaba los ojos... y luego lo cortaba en pedacitos... y más pedacitos... hasta que desaparecían todos.
Pero cuando me daba la vuelta estaban allí otra vez.

Yo intenté verlos por si acaso, y por un momento casi lo consigo: el asa de la bolsa de plástico era el arco por donde asomaban, la caja de zapatos una bañera, y los trozos de papel palomas ya sin ojos. Pero de los muñecos ni rastro.

Mi amigo se escondía detrás de una esquina mientras su padre me explicaba cómo eran los muñecos que estaba observando vívidamente, y que quizá habían salido de otra dimensión. Cuando empezó a hablar de que aquello, fuere como fuera, tenía vida, y de la existencia de Dios hasta ahora nunca confesada, yo ya estaba tan extasiada y alucinada que se me había olvidado la angustia de su hijo.

El pobre se tapaba la boca con las manos y abría mucho los ojos en señal de preocupación:
-mi padre se ha vuelto loco-.

Nos fuimos a la cama. Le dije que no se preocupara, al fin y al cabo también había visto muñecos tras los otros microinfartos, y no parecía que le diera miedo. Además, se reía todo el rato y hasta había empezado a creer en Dios...

Tumbados en la cama, con la única luz de una vela y nuestros reflejos en la pared llena de humedades, me entraron muchas ganas de abrazarlo, de decirle que todo iba a arreglarse y que yo lo iba a ayudar. Pero hace tiempo que me da corte mostrarle mis sentimientos más amorosos, aunque llevemos más de quince años durmiendo una vez a la semana en la misma cama y fuéramos novios durante cuatro años.

A media noche nos despertaron unos gritos. Agachado, con un palo, el padre de mi amigo boqueaba como un pez fuera del agua mientras intentaba ahuyentar a los muñecos:
-Creo que se han enfadado por intentar matarlos-.

Me da miedo la locura. Es algo que me averguenza reconocer, pero no puedo evitarlo. Me imagino que será el miedo a perder el control, el miedo a los instintos, a la propia rareza y la de la vida. A veces la desesperación desquicia, la vida desquicia, la muerte desquicia, y a mi sólo se me ocurre tener miedo.

Al menos ya sé de dónde proviene el olor a marihuana esta noche en mi cuarto. Mi pobre perri está mala de la barriga, y se está tirando unos pedos de campeonato. Suerte que a mí me huelen a marihuana, sea por esquizofrenia, psicosis, tumores o imaginación.

Sí, mamá, ya está bien de escribir por hoy.
Buenas noches a todos.



 

martes, 16 de febrero de 2010

Los salvajes. La parada de los monstruos.




Todos los borregos, frikis o modernos, tienen puntos débiles donde atacar. A los frikis, en vez de seducirlos a base de temporadas primavera-verano, golfs, ikea y orgías, se les ofrece videojuegos, cómics, lápiz de ojos y merchandising cultural. Hay ondas clonadoras-consumidoras para todos los gustos... Sea como sea, tengo que reconocer que los clones frikis me gustan mucho más que los clones modernos por razones de afinidad, además de por ese puntillo de rebeldía tan encantador. Si bien es verdad que me resulta algo molesto seguir sin comprender qué ideales llevan a los Emo a dejar crecer sus flequillos hasta la invidencia, cómo se financian los otaku tanto videojuego y sashimi, o qué narices reivindicarán los más oscuros con las automutilaciones y las reuniones satánicas. Me imagino que la necesidad de todo borrego de ser querido, respetado y aceptado por sus semejantes les lleva a mimetizarse inevitablemente con los de su entorno, sean los clones que sean los que les toque en suerte, o tengan las rarezas que corresponda.

Por eso, teniendo en cuenta que el entorno abarca cada vez más mundo, no es de extrañar que ya haya clones-borregos tanto modernos como frikis lo mismo en Nueva York, que en Rusia, Ecuador, Filipinas o Tomelloso. Ya mismo la única emoción de la novedad, típica de los viajes o los encuentros con extranjeros, será saber a cuánto venden allí el bigmac o la nueva trenca de zara. Y me temo que cada vez más serán excluidas las personas minusválidas o malformadas, los enfermos mentales o biológicos, los drogadictos, los de personalidad o trayectoria vital desviada, los fracasados... No sé muy bien si porque son consumidores de baja gama, o porque la careta de felicidad y belleza clonada que cubre la realidad real sigue haciendo parecer a los que salen de lo normal monstruos que conviene ocultar por el peligro que conlleva para los clones borregos ver la realidad tal cual es.

A mí nunca me gustó adscribirme a ninguna clase o grupo determinado, lo mismo me pongo ropa de chico, que vestiditos, que rayas azules con cuadros verdes; me gustan por igual Rocío Jurado que Pat Metheny, y tengo amigos de todos los estilos y edades. Como no tengo ningún rasgo que a primera vista me pueda identificar ni como borrega moderna ni como borrega friki ni como monstruo, algunos me llaman rara, un insulto cuya causa y acepción no consigo concretar. ¿Se es raro por no consumir a la moda, o no gustarte las diversiones al uso? ¿se es raro por preferir otros modos de vida, u amigos más diferentes e interesantes? ¿se es raro por no querer follar a diestro y siniestro, o por creer aún en el compañerismo y el amor?.

 


Si acaso, al único que no puedo rebartirle mi rareza es al refranero y su dime con quién andas, porque me he juntado con cada personaje... Cuando estaba en el instituto, por ejemplo, mi pandilla se componía de: un fan de star treck de dos metros y unos 200 kilos con disfraz incluido; una chica que decía hablar con la Vírgen, cuya vidente madre decía ser la reencarnación de Nefertiti; una actriz con doble personalidad y una pistola en el bolso; una chica sin brazos; un fetichista de pies; un chico transexual; un pastor evangelista; una maruja que nos sacaba diez años, tenía las uñas de dos kilómetros y siempre llevaba el mismo vestido embutido; y yo.

También fuí muy amiga de una señora que creía mucho en los ovnis y las experiencias paranormales. Juntas escuchábamos al entonces desconocido Iker Jiménez, y lo mismo fumábamos sabia divinorum a ver si se nos desarrollaba la sensibilidad, que nos íbamos a un posible avistamiento con la nevera y los bocatas.

Otro de mis buenos amigos era un croata despapelado que viajaba por el mundo con un montón de pelis y una parrilla como equipaje. Vivía en el barrio de mi ex, y mi suegra se llevaba las manos a la cabeza cada vez que me iba a su casa. -Qué rarita eres, ayyyy, qué rarita eresss-, me decía preocupada. El hombre no tenía amigos en el barrio porque -a pesar de medir metro y medio y no haber roto nunca un plato- la gente asociaba su nacionalidad a algún tipo de red criminal. Y joe, lo único que hacíamos era zamparnos unas lubinas a la parrilla de la hostia y contarnos muertos de risa nuestras vidas a la candela de unos porrillos...

Desde luego, sigo prefieriendo buscar más emoción de la que se tiene siendo clon-clon, y aunque ya es imposible ser rebelde, lucho por conseguir algo parecido y me quedo con los pocos que también están en el intento. Además, prefiero seguir viajando por la vida siendo consciente del viaje aunque no sirva para nada, y bajarme siempre, sin dudarlo, en la parada de los monstruos.

 

 

lunes, 15 de febrero de 2010

Los salvajes. Parte 1: ¿Sueñan los borregos con clones libertadores?

 

Que la clonación iba a impregnar la idiosincrasia de la sociedad global es algo que se venía venir desde hace mucho, aunque no de la forma anunciada por la literatura y el cine del siglo pasado. Por culpa de esas artes creía yo de pequeña que allá por el 2000 se podría ir al súper a por un Epsilón apañao que ayudara en las tareas domésticas, o a una agencia de contactos para adquirir un Nexus-6 (p)al gusto. Lo que nunca imaginé es que, llegados a estas alturas, los clones íbamos a ser nosotros.

Me imagino que, mas allá de moralinas y probetas, fabricar clones humanos para su explotación comercial salía mucho más caro que convertir en clones a los que ya estábamos nacidos, y como la maximización de beneficios es la que manda... Puede que, para no levantar las sospechas de los más espabilados e insomnes, y seguir escatimando gastos, decidieran pasar también de la hipnopedia. ¿Para qué, teniendo los medios de comunicación y la psicología? Es mejor delinquir con naturalidad... Así, los bombardeos de los mensajes clonadores que se instalan en nuestro software empezaron a viajar a plena luz del foco en forma de sonrisa de telediario, anuncio de cereales, reality malrrollero o serie adolescente.

Al igual que en la visionaria novela de Huxley, pocos han escapado de la perversa y altamente eficaz influencia que lleva a participar de la básica doctrina del consumo-bienestar. La gran mayoría de seres humanos se rindió, suprimiendo la parte más molesta de su capacidad intelectual en pro de la placentera posibilidad de limitar sus funciones a producir y consumir. Casi como Dolly, vamos, borregos que más allá de las tareas diarias de producción y consumo sólo tengan que preocuparse de tener los rizos monos para ligar y procrear, y de ir a comprar un poquito de drogas para sobrellevar la angustia del sinsentido.

Entre tanto clon, los pocos que marcaban alguna diferencia por ínfima que fuera recibían como mínimo el despectivo calificativo de raros, algo así como los salvajes del Mundo Feliz. Algunos renegaban de la clonación, bien por incapacidad para ser clon de primera, bien por soñarse en una posición de superioridad sobreviviente. Sea como sea, quien se atrevía a desobedecer las órdenes de las ondas clonadoras ponía su reputación en peligro y corría el riesgo de convertirse en un desahuciado social. Pero el Mercado, tan astuto como siempre, supo prever las carencias o rebeldías hormonales de algunos de los candidatos a borrego. Así, los hardwares más inconformistas, tarados, ingenuos, feos, idealistas o fantasiosos también pudieron encontrar cobijo en la redentora clonación. Fue así como nacieron los frikis.

Continuará...

lunes, 8 de febrero de 2010

Tiempos de Síndromes




Es un poco raro que fuera precisamente el desprendido Diógenes el filósofo adjudicado al síndrome del que padece acumulación. A no ser que los que ponen los nombres a los síndromes sean unos cachondos irónicos... Yo de síndromes no entiendo, pero me parece que eso de clasificar conductas, o meter por narices ciertos estilos de vida en el saco de los trastornos psicológicos es injusto, o cuanto menos simplista.

Mi mejor amigo también tenía la casa llena de cosas, hasta arriba. Si bien no llegaba a ser basura, sí tenía millones de trastos inservibles (al menos en un presente inmediato), por todas partes. Todo empezó por culpa de su padre, que a todo le veía utilidad y nada quería tirar. Me imagino que haber vivido tiempos de hambre y guerra, y tener ideales contrarios al consumismo insostenible, hacían mucho.

Además, aquel ambiente diogeniano pasaba desapercibido por el carismático y oscurillo tono de un hogar estancado en los 70: el mismo sofá, los mismos azulejos, los mismos cuadros, las mismas cortinas, la misma cocina, la misma vajilla, el mismo baño..., hasta la misma ropa seguía rondando por aquella casa después de muchas décadas. Es más, alguna que otra camisa de cuadros adquirida por ellos en los 80 había pasado a mis manos en mi época machorrilla de los 90, para volver a ser usada por ellos de nuevo en el 2000, y volver a mis manos ahora que vuelven a estar de moda los cuadros. Pero eso se llama aprovechar las cosas, ¿no?.

La cosa es que, aunque ya estuviéramos acostumbrados a ver la casa así, aquello normal tampoco era. Había llegado a acumular por toda la casa un MONTÓN de cacharros y recambios de maquinarias, cientos de tornillos, decenas de latas, tubos, botes, muelles, cuerdas, cubos, tarros de cristal,..., de todo.

Reconozco que a mí me encanta ese rollo. De hecho yo misma soy de las que lo colecciona todo, desde los tornillos o hojas raras que encuentro hasta las conchas o piedras bonitas de la playa. Recojo de la calle todo lo que veo bonito o creo aprovechable, con la ilusión de poder comprarme un terreno algún día para construir una catedral para ateos, de esas recicladas. Además, soy casi incapaz de tirar los tarritos de cristal de los yogures, o pasar de largo delante de muebles o juguetes puestos en la basura.

La cuestión es que en casa de mis amigos ya se hacía difícil vivir cómodamente. El padre, para colmo, hasta había dejado de consumir alimentos que él consideraba un lujo. Pero no lo hacía por no gastar, ya que a sus hijos les llenaba la nevera (también de los setenta) con lo mejor. ¿Sería por solidaridad con los que pasan hambre?, ¿sería por ser consecuente con sus ideales? No sé por qué lo hacía, pero rechazaba cualquier comida rica o capricho, y con un cacho de pan duro y el tomate que antes se fuera a poner malo parecía contentarse.

Quizá sí estuviera enfermando de algo, no sé lo que dirían los psicólogos. A mi me da que tenía carencias afectivas, que estaba harto de tanto luchar, y que no le encontraba sentido a su trayectoria vital. Quizá abandonarse de tal modo era su forma inconsciente de revelarse contra la propia vida. ¿También se considerarán enfermas las marujas que coleccionan millones de figuritas de porcelana y fotos de comunión? ¿y las que compran compulsivamente en las tiendas de los chinos o en los centros comerciales? Supongo que será como cuando queremos solucionar la soledad, la tristeza, o estar perdidos a base de lexatines, comida, internet, o sexo compulsivo... No tiene mucho sentido. Está todo tan disfrazado, tan esterilizado y tan planchado que todo lo que huela a vida parece haberse vuelto antinatural...

¿Por qué pensará la gente que voy a enfermar cuando me como una gominola que se me ha caído al suelo, cuando la pulcritud exagerada es lo chungo? ¿por qué huiremos de las personas que duermen en los cajeros, cuando habría que tener miedo a los que trabajan dentro?. ¿De qué sirve tanto ir al psicólogo o el psicoanalista sino para darse una excesiva y egocéntricamente peligrosa importancia a uno mismo? El mundo ha perdido el norte... El otro día, por ejemplo, mi amiga la psicóloga recibió como pciente a una chica preocupada porque a veces estaba triste. Nos ha jodío.

Ahora, hacia el final de sus días, el padre de mi amigo ha tirado todos los trastos, aunque a veces se acuerde de ellos. Ha adecentado la casa, ha puesto pintura de colores en las paredes, muebles nuevos... Yo creo que por fin ha conseguido asimilar que la vida es así, tierna, dura, triste, alegre o difícil. Ha aprendido a dejarse ayudar, a compartir los problemas y las ansiedades. Pero sobretodo parece haber entendido la suerte de que la cosa sea tan simple: la única condición para vivir es esa, vivir.

Eso sí, sigue fabricando los ventiladores o los bastones con desechos de otras cosas, y las boinas con mangas de jerseys viejos; lleva la ropa o los paraguas de los años catapún, y a veces me sigue preguntando por qué no hipoteco aquella chaqueta de cuero de 2ª mano que le regalé en los 90 a su hijo, y que luego pasó a su otro hijo, más tarde al primo, después a mis hermanos, y ahora está la pobre desaprovechada en su armario.

Ays, estoy loca por él.

lunes, 1 de febrero de 2010

Ser o parecer

 


Tengo complejo de tonta. Y no es que me crea inferior o menos espabilada que cualquiera, es que sencillamente soy tonta. Lo peor es que no puedo evitarlo...

 

Todo empezó cuando me dí cuenta desde muy pequeña que siendo así, tonta, era todo más fácil. Hacerme la tonta me servía para engañar a mis semejantes y llevarlos a mi terreno, o que hicieran por mí lo que me daba coraje hacer.

Así fue como empecé a evitar acciones odiosas como los trabajos manuales de la escuela, coser los bajos de los pantalones, liar los porros o arreglar el ordenador. Me importaba bastante poco quedar de inútil con tal de no tener que hacerlo, y quizá esa era la cuestión, que me daba igual lo que pensaran los demás de mí. Lo importante es saber quienes somos, ¿no?.

Luego comprobé que hacerme la tonta también me evitaba discusiones absurdas que sólo sirven para enfadarse o gastar energía. ¿Por qué empeñarse en hacer valer nuestra postura a toda costa bajando del burro al interlocutor? Sobre todo teniendo en cuenta que con el tiempo, según las circunstancias, no es raro que uno acabe tomando la postura contraria. Así que ante una posible discusión aprendí a usar el "bueeno..." y cambiar de tema, o simplemente callar. Me parecía de lo más aburrido rebatir y debatir, si total, somos como Dios nos hizo, y algunos incluso peor...

Pero lo que más me gustaba de hacerme la tonta era que me ayudaba a descubrir de qué calaña eran mis semejantes. Era una táctica infalible. Sobre todo a los que se pasan la vida batallando dialécticamente, no sé si para intentar engordar un ego flacucho, o por pura prepotencia. Cuando notaba que alguien intentaba aprovecharse de mi nobleza, en vez de darme mi sitio y ponerle en el suyo, prefería seguir haciéndome pasar por tonta y descubrir así hasta dónde podía llegar.

Por ejemplo, cuando trabajaba de camarera notaba que algunos clientes usaban un vocabulario más elaborado para reírse de nosotros pensando que no los entenderíamos. Yo, aunque los entendiera, les seguía el rollo poniendo cara de extrañada. Otras veces directamente nos intentaban hacer ver lo miserable de nuestra vida hostelera, inflándose como pavos reales ante la posibilidad de resarcir sus propios complejos y frustraciones. Angelicos, para qué quitarles la ilusión... Además, si notaban que tenías la suficiente cultura e inteligencia, entonces venían las caras de compasión por haber acabado en semejante escalafón socio-laboral, o las interrogaciones sobre la causa de semejante desgracia.

También me pasaba cuando salía de marcha. Al principio de la noche, aprovechando el comienzo del botellón para charlar con mis amigos antes de que estuvieran borrachos, me gustaba sacar algún tema de conversación más profundo, o animar la conversación haciendo referencias literarias o cinematográficas que vinieran al hilo. Pero en seguida me decían eso de "anda, niña, que estamos de juerga...", y tuve que empezar a hacerme la tonta y limitarme a emborracharme y sonreir. Algo parecido pasaba con los ligues. Alguna vez conocí a algún chico de estos que se creen la leche de listos, atractivos, interesantes y deseados. Esos que tratan a las tías como si fueran cachos de carne sin cerebro, a los que encandilar con cuatro cariñeos para usar de muñeca inflable y luego tirar, a ser posible con la autoestima por el suelo. En esos casos me encantaba hacerme la tonta y ver el rumbo que seguían sus tácticas manipulatorias. Dejaba que pensara que me estaba utilizando cuando en realidad era justo al revés. Luego, cuando se creía que ya tenía a la víctima en el bote, le decía suavemente al oído que esperara mi regreso del baño y me largaba del local.

Desde luego prefería guardar la energía de las discusiones o las defensas de orgullo para invertirla en analizar el comportamiento y la intención del semejante en cuestión. En el fondo era muy divertido, una rara mezcla de curiosidad sociológica, suicidio social y tontuna a la que, por desgracia, me acostumbré. Ya no soy capaz de arreglarlo, mi costumbre de hacerme la tonta ha arraigado tanto en mí…


Bueno, el otro día leí en "La elegancia del erizo" que a la protagonista le pasaba algo parecido... Fue todo un alivio comprobar que no soy la única, y ya lo dice el refrán, ¿no? Mal de muchos, consuelo de tontos...

¿veis? si es que soy tonta, si ya lo decía yo...

 

lunes, 25 de enero de 2010

La novia de la muerte




Cuando era pequeña me daba pavor salir a la calle tras la lluvia. Todo estaba lleno de caracoles espachurrados -algunos de ellos por mi culpa- y con lo que me gustan esos bichejos no podía asimilar lo absurdo e injusto de su muerte. Por aquel tiempo presencié también la primera muerte humana: la de Paquirri; y mi amiga y yo empatizamos tanto con la Pantoja que convenimos quedar todas las tardes después del cole para ir a llorar un rato, aunque no supiéramos muy bien por qué ni para qué...


Con la muerte de Chanquete sí que empecé a tener motivos para sufrir, ya que -aunque jamás lo confesara- era mi amor platónico. Así que cada verano, cuando llegaba el capítulo fatídico, volvía a sumirme en el masoquismo sentimental y me llevaba de nuevo el peor mal rato del mundo por la sempiterna muerte de mi marinero en tierra.


Mi abuelo se parecía mucho a Chanquete y era la persona que yo más quería del mundo, por no decir la única. El día que murió, siendo yo aún muy jovencita, lo pasé tan tan mal que decidí que debía hacer algo con la muerte, además de no ver nunca más Verano Azul. Poco tiempo antes él mismo había recogido a mi perrilla de la calle, y me angustié tanto ante la posibilidad de que la cachorrita también muriera que decidí vender mi alma o mi felicidad a Hades, Dios, Satanás, o quien demonios mandara en eso: "Porfavor -pedía-, que siempre estemos juntas la perrilla y yo, como si quieres hacernos vampiras. A cambio sacrificaré mi felicidad, mi suerte, mi amor o lo que haga falta".


Y la verdad es que funcionó. Mi perra sigue igual de loca, activa y bonita, y hecha una cachorra, a pesar de sus 18 años, su tumor cerebral y la leishmaniosis. Estoy por apuntarla al guiness de los records o llevarla a la tele.... La cuestión es que quizá deberían llevarme a mí, porque desde que hice aquel pacto, cada vez que intento establecer una relación mas estrecha con alguien, ¡zas! la muerte o la mala suerte aparecen, no falla.


Por ejemplo, poco después del pacto le pedí su ramo de novia a mi tía como agasajo de su unión, y además de perderlo esa misma noche a los pocos meses se quedó viuda. En aquel tiempo, también, tuve la primera cita con mi primer noviete, que acabó en un velatorio. Los dos únicos profesores con los que conecté en el instituto al punto de hacernos amigos acabaron fulminados por un infarto. La única buena amiga que tuve, después de sellar nuestra amistad en nuestra primera fiesta de pijamas, tuvo un accidente y se murió. El día que por fin iba a conocer a mi padre, después de toda una vida esperando, se fue al otro barrio. Mi nueva amiga vecina me dijo el otro día que tiene un cáncer terminal, y mi otro mejor amigo está con una pierna en el otro barrio. Además, pocas veces enciendo la tele, pero cada vez que lo hao sale algún terremoto o tsunami, con miles y miles de muertos. Es de coña.


Lo raro es que la peor parte se la llevan los conocidos de mis parejas. Por ejemplo, durante un verano que viví en casa de mi ex se murieron el vecino de enfrente, el de abajo, su padre, su abuela y su perro, además de la mayoría de los padres de sus amigos. Caían como moscas, era acojonante. Con mi nuevo chico creía que la cosa iba mejor, hasta que esta semana pasada se murió la vecina de abajo y el perro de al lado, y durante el fin de semana, volviendo del cine, nos encontramos con la vecina de enfrente saliendo del portal dentro de una funda.


Sé que es absurdo y egocéntrico, pero no puedo evitar pensar que quizá yo tenga algo que ver con todas esas muertes: ¿Será normal que se me hayan muerto ya tantísimos conocidos y amigos sin tsumanis ni terremotos de por medio? ¿Seguirá jugando el de la guadaña conmigo después de aquel pacto? ¿Se me pegaría el gafe de la Pantoja con tanta empatía?

¿Se habrá enamorado la muerte de mí? Si fuera así podría convertirme en la persona que venció a la muerte enamorándola, y podría demostrar que un bolero es mucho más importante para la historia de la humanidad que la marsellesa, la internacional y todos los himnos con los que bailó hasta ahora.
¿se estará convirtiendo mi perra en vampira? Sea como sea, a no ser que me encierre en casa para siempre, creo que tendré que seguir espachurrando los caracolitos tras la lluvia.